Casa Bukowski

Multiplataforma Internacional de Literatura, Cine, y Artes

AÑO 7 - 2026

Entrevista de Casa Bukowski a poeta Carmen Avendaño

Nacida en Santiago de Chile, 1976. Autora de los libros de poesía Más allá de la palabra cielo (Monterrey, 2002), Madre sol (Morelia, 2006), Adiós Rimbaud (Monterrey, 2013), Nada significa nada (Ciudad de México/Santiago de Chile 2017, Viña del Mar, 2019). Ha participado en proyectos colectivos como el libro de arte Animal, en Monterrey, la antología Elogio del Bar en Santiago, la revista Palabra Poesía en Morelia. Tradujo el libro Fuera de la violencia hacia la poesía, de Margaret Randall (Ediciones Moneda, 2020) y junto a Leslie Pascoe Poéticas de la carne, de Mayra Rivera (Ibero, 2026). Su trabajo se reparte entre Monterrey y Viña del Mar, abarcando talleres, curaduría y poesía escénica. Coordina el club de lectura Acentos de la colección 25 para el 25, del Fondo de Cultura Económica, junto a la embajada de México. Dirige Ediciones Moneda. IG: @edicionesmoneda


Por Juan Pablo Leppe

– Sabemos que vives entre Chile y México. Cómo crees que esa dualidad ha afectado tu aproximación al español/ castellano y en última instancia, a tu poesía.

Si la lengua fuera lo que está sobre la tierra, flora y fauna, diría que me enseñó lo diverso que puede ser el castellano. Si la escritura fuera la arquitectura, cómo hay capas y capas de formas de habitar, muchas veces superpuestas con violencia. La vitalidad de la diversidad lingüística mexicana, que aquí existe menos concentrada, me mostró la violencia de la escritura y la lengua asociados al aparato estatal. Pero además, yo no llegué de Chile a México, la primera vez, sino de Suecia. Llegué de un gueto en castellano, también diverso. Mis primeras amistades eran argentinas, uruguayas. Llegué del boom de la comida industrializada en Europa al mercado de frutas y verduras. Desde entonces la lengua que prueba y que habla es la misma. Saber significa conocimiento y sabor. Por otra parte, mi conflicto identitario se me reveló en los garabatos. Nunca pude decir mierda o chingada madre con naturalidad. Me salen cosas como cabrón de mierda, que no existen ni allá ni acá.

– ¿Te interesa que tu poesía se asocie a un lugar o a una generación?

Mi poesía la asocio sin duda a Monterrey, a una época, más que una generación, ciertos bares ya desaparecidos. Llegué a los 19. Tuve mi primer novio que traía un buen bagaje. Me llevé en la maleta referentes chilenos, Teillier, Redolés, Violeta Parra, Pedro Prado, Stella Díaz Varín, Elvira Hernández, Álvaro Ruiz iba afuera de la maleta, junto a mi madre, y llevaba sus propios referentes que me heredó al volverse: Teófilo Cid, Pablo de Rokha. Revistas como La Calabaza del diablo llegaron a mi casa en México. Pero encuentro en mis poemas más nexos con poetas actuales de Monterrey que de Santiago o Viña del Mar. Guillermo Meléndez, por ejemplo, poeta admirado y amigo. Macedonio González, leyenda local. José Eugenio Sánchez, quien impulsó los slam de poesía, y la puesta escénica. Los tres comparten ciertos elementos, el sentido del humor como forma de comunicarse con la ciudad y el desdén a las instituciones.

– ¿Crees que haya algo así como una «poesía de hombres» y una «poesía de mujeres»?

Creo que las condiciones en que se escribe y se transita lo público influyen. En ese sentido la poesía «de hombres» sería tradicionalmente una poesía de tiempo completo, contra una poesía permanentemente interrumpida por la vida cotidiana. En lo público, el discurso poético tendería a cierta grandilocuencia expansionista, pensando en Neruda frente a la economía de Gabriela Mistral. Si hoy hay cierta preponderancia de las poetas, eso se corresponde con ciertas condiciones específicas que lo favorecen, entre ellas la crisis de los valores occidentales que se empiezan a reconocer como coloniales.

– Sabemos que tu poemario «Nada significa nada» ha tenido una buena recepción de los lectores desde 2017 a la fecha. ¿A qué lo atribuirías?

Aparentemente sería porque se trata de poemas breves, lo que se lleva con estos tiempos; aunque hay quien esa brevedad lo deja insatisfecho. Yo creo que es por el trabajo del lenguaje. Trato de alejarme de la retórica. Y la propuesta editorial que lo acompaña.

– Cuéntanos por favor sobre tu trabajo en el mundo editorial y de sus desafíos.

Empezó el 2002 con el impulso de publicar mi propio libro, Más allá de la palabra cielo, sin tener que preguntarle a nadie qué le parecía. A nadie desconocido, me refiero, porque sí tomé la opinión de sus lectores, Guillermo Meléndez, Saúl Ibargoyen, el mismo Álvaro. Para el diseño me inspiré en Nostálgicas Mansiones, de Teófilo Cid. Una de las cosas más bellas de los libros es su capacidad de enseñar de manera autónoma, no solo el contenido; también la forma. Aprendes mirándolos. Los libros han sido buenos cómplices de las autodidactas, como Haydée Santamaría, quien creó Casa de Las Américas, modelo de institución cultural latinoamericana. Sin haber cursado más que sexto básico, su afán lector la preparó para el momento en que la vida la propuso como la editora de La historia me absolverá, el discurso de Fidel Castro, cuyo borrador recibió a girones, sacados clandestinamente de la cárcel. Y sobre todo la preparó para lo que nadie había hecho antes, esa Casa de las Artes que logró gestionar exposiciones, discos, premios literarios continentales, ediciones pioneras a pesar de la ruptura de relaciones de los gobiernos con Cuba. Esta historia la recoge otra gran autodidacta, Margaret Randall, y gran poeta que tuve el orgullo de traducir y publicar con mi segundo proyecto Ediciones Moneda.

Diría que Ediciones Moneda es una suerte de heterónimo. Me permite diluir la autoría en la otredad, especialmente cuando se trata de otras lenguas. Me tomo muy a pecho cada proyecto. Yo lo mantengo, y no al revés. Salvo algunos momentos de gracia: con las ventas en la Furia del Libro (gracias a Diego Armijo), principalmente del Mallarmé y de Nada significa nada, me compré una cama.

Comentarios

Suscribir
Notificar de
guest
0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
Casa Bukowski