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AÑO 7 - 2026

Poemas de Eduardo Vasallo

Beca Fundación Pablo Neruda (1989). Invitado a leer al “Primer Encuentro Hispanoamericano de Poesía”, U. de Santiago (1989). Comentarista literario diario La Nación y La Época (1990-1993). Coeditor Revista de arte, literatura y crítica cultural Piel de Leopardo (1989-1991). Antologado en Chile Crea, juntémonos en Chile, encuentro internacional del arte y la cultura (1990). Antologado Ciudad poética-post, diez poetas jóvenes chilenos (INJ, 1992). Primer Premio, “Manuel Magallanes Moure”, género Ensayo, Municipalidad de San Bernardo (1999). Premio Municipal de Literatura Municipalidad de Santiago, 2015. Participante con textos críticos (sobre Juan Luis Martínez, Enrique Gómez-Correa y Diamela Eltit) en Una revisión al foto libro chileno (Fundación Sud Fotográfica, 2018). Columnista literario de Radio Bío-Bío (2025-26). Director de Taller Literario, editor.


Poemas de Eduardo Vasallo

Rodrigo Lira

+

1949 – 1981

                 [en vez de matar el tiempo]

  me suicidé en un baño de tinä

      el día de mi cumpleaños felis;

          me corté las venas  —por fin

     algo en serio—

  como si tarjara un texto que no despunta;

             mi sangre fluyó

            tal lengua que contesta airada;    / Godoy 

        nada de cortesitos en la megiyita,

    nada de gotitas inócuas en los párpados

  ni nada para la satisfacción del catáhlogo cuché

 de la escena avezada);

        sin prensa, cin registro,

   confianza nada más en el corte. de la palabra.  

       Primer / otrosí:

          leo en la tercera edición de Obras,

  ref. solapa de tapa:

          dicequelogréelprimer lugar “con el apoyo

de Enrique Lihn”;          / La Bicicleta nº6 , 1979

   —tercero elTony

          no busqué su apoyo, ni me apolló

   el poeta chino;

       se eligió mi trabajo

luego de lo cual seguí tan desapoyado como antes

             —Lin era, en todo caso, mi guatón Neruda,

      el sr. del jockey

   [otra verborrea

                 que atraía/repelía mi lectura]

          y del que hallo el prólogo a obras completas

      por lo menos discutible, 

   en todas y cada una de sus partes para no variar en nada

  nuestra relación cercana / distante

  ya que lo motiva la molestia de mi persona:

    correcciones maníacas a la orquesta, parodias, visitas

           a deshoras

 en el año de la quisquillosidad del yo—. 

     Segundo otrosí:

           agradezco la portada de mi único libro

   —153 págs. + 3 mallarmeanas en blanco = 156—

  a Gonzalo Díaz,

    como si anticipara la desgenealogía [ía-ía]

        de una edición universitaria a $9.000

   que yo no sé quién compra:

                     sí,           la espiral,  

  en negro,

   como el enunciado de mis materiales en construcción:

       no es menor el tema;

    archivador, carpeta,

            fotocopia, papeles comunes

                  para materiales en parche,

      frágiles, transitorios;

         ese diseño sobre papel couché

o cartulina barnizada me tergiversa:

   no fui poeta de papel couché;

 no alcancé la altura del poeta cos(c)ido;

  ni me llamó el Editor de la Casä

         para agendar reunión 

 o distribuir ganancias. famélicas. entre citas eruditas

         teloneando ese prorrateo mezquino

                   de los deshechos del autor;

         espiral / cinta de mi luto por el muerto;          

                mi poesía sin solapas.

   no tuvo editor ni editorial,

  los dos gusanos de la seda; 

         danke schön de todas las maneras, R punto;

    la muerte me sube el pelo

 para los dedos sensibles de un lector

que necesita materialez más prestigiosos que el cartón,

 el papel ronéo o el plástico nuestro de esos años

           cuando nos leíamos y aniquilábamos

sin cuartel

     con la sana antipatía e indiferencia del caso.

   Tercer Otrosí:

      se me perdonará la mancha ilegible

                   del postrero momento;

         para los que vienhen     —por lo menos— 

  dejé la hoja

            lo más limpia posible,

                                                                               [en Lápida chilena, Ediciones Alterables, 2010.]

Vicente Huidobro

+ 1893 – 1948

 Cuando pistola en mano entré a Berlín por el Oeste

   en la avanzada del ejército anglo-franco-americano,

disparando a enjambres de francotiradores nazis

de la Wehrmacht, Waffen-SS y juventudes hitlerianas 

 parapetados entre las ruinas humeantes de su lectura,

  me preguntaba si no sería esa catástrofe

    la expresión trastornada del conflicto poético

          de la propia nación alemana

 entre los titanes Goethe y Nietzsche, es decir,

  el abandono de la calma por la histeria,

     del equilibrio clásico por la radicalidad hueca.

Así, avanzando a punta y codo por el puente Moltke,

          entre las voladoras Stielhandgranate;

 y la respiración desaforada de los tanques Pzkw,

      y delirantes ametralladoras de 7, 92 mm.

 que parecían el recitado rabioso del Nuevo Mundo

                que ya no iba,

           razoné calmosamente, mientras disparaba

a blancos móviles en cruces de calles aún en disputa,

    que el tema era complejo y de muchísimos matices

  porque aquí los instintos del pueblo alemán

                                         / habían sido,

        no liberados, sino subordinados al poder,

   contradiciendo la mismísimas resmas de Nietzsche;

             entonces, mientras por radio

     recibíamos poemas breves en clave

  del mando aliado para avanzar perentoriamente

              / sobre el Führerbunker,

   pensaba, entretanto,

y como un tramo de pensamiento

   de otra velocidad y resistencia aparecido de pronto,

             en las tazas de porcelana de Harmersbach

    que me quería llevar a Cartagena como trofeo

         junto al teléfono cableado de Hitler, aparato

       por el que se sabía transmitió el Füehrer

 a todo el departamento de Recursos Humanos,

      al personal administrativo y operativo interno

           como al destinado a los países ocupados

    de Euro / Asia / África

         —fuerzas de tierra, mar y aire—

    sus ideales poéticos más relevantes y ofuscados,

     tal su crítica despiadada a la Humanität de Goethe,

  y a la vida lánguida de la Weimar campesina

    que lo alteraba como a un loco, estado apreciable

   ya en sus primeras fotos y discursos oficiales

                            / de los años ’30.  

   Cuando llegué al teléfono de su despacho

   en medio de los cadáveres y el humo y el griterío

         / y el incesante

       traqueteo de las ametralladoras rusas

   y la petulancia terminal de las Parabellum-Pistole,

       lo primero que hice, instintivamente,

fue llamarlo:

  — ¡ALÓ, ALÓ!,

            ¡le habla el poeta chileno Vicente Huidobro!…;

  quería discutir su bibliografía…,

         acompañar un cuerpo de notas…,

decirle que el copihue es la flor nacional de Chile…—;

   el prolongado silencio de su parte lo interpreté

  como la última alocución de cierta crítica de la vida,

           su desencanto irremediable

 con la Nueva Era Literaria Alemana que comenzaba;

       lo glosé

   como una tristeza profunda por la derrota

  del Übermensch,

             el “superhombre”, el poeta,

en todos los frentes de batalla soleados

  o helados del mundo

con su poemario acribillado en la mano. 

      Colgué, echándole un vistazo a toda Alemania,

 a sus bosques, lagos, ciudades,

a sus niños, hombres y mujeres, uno a uno,

  mientras al pie de la página,

en el Gran Colofón del Vademécum,

el sargento ruso P.D. Scierbina

  izaba la bandera roja en señal de victoria. 

                                                                                               [en Lápida chilena, Ediciones Alterables, 2010.]

Los letreros del viejo Feña

           Fui al taller de Feña,

       el viejo que escribe letreros para casas comerciales

de la calle San Diego;

dice que preferiría haber escrito versos a letreros

aunque cuando mira los letreros

se siente feliz de no haber escrito versos;

        con letreros arrienda su buhardilla

cosa que no podría, dice,

haber hecho con los versos.

 Señala que ningún letrero le hace sentir dudas metafísicas;

        pero que cuando ha tratado de escribir versos

                 la metafísica lo angustia,

   se pregunta, por ejemplo:

                    el tiempo para qué cuándo ¿tendré tiempo?

       y eso ya lo turba al comienzo de los versos.

                —Un cartel es más seguro, me dijo,

   mientras limpiaba sus pinceles en un tarro sucio,

             no admite preguntas metafísicas

       ni ningún tipo de sueño retórico

de los que generalmente se ocupan los versos.

                     Tengo más letreros, observó,

  que muchos que escriben versos,

         y sólo aspiro a que estén tan bien escritos

    como los versos.

  Es cierto, comentó después de una pausa,

  que nadie reconoce a los que hacen letreros,

 como reconocen en la calle a los que hacen versos;

       pero que él sí reconocía a otros que hacían letreros

  —ahí va Espinoza, el de los cines del centro;

             Gutiérrez, de letreros para ferretería;

       mi amigo Arcadio, letreros para las micros;

  Joel, el de los letreros de 10 de Julio—,

    cosa que le es difícil

con los que escriben versos.

Podría pasar un gran poeta y pasar no más.

      Don Feña reflexiona, encendiendo un cigarrillo,

 que es más leído que los versos:

             por la ventana me muestra un letrero en la calle

         puesto hace treinta años a la entrada de una tienda:

                        LA CASA DEL ABRIGO

               dudando de que un verso pueda ser leído

   por tanto tiempo, por tantas personas;

     además, tirando una bocanada de humo de colores,

     me señaló que esa línea no tiene ninguna falla

      —LA CASA DEL ABRIGO—,

              que nada le sobra ni le falta

         a diferencia de muchos errores

que él podía observar en los versos;

    — y tanto verso obscuro o verso frío

                 que ahora se anda escribiendo,

   me dijo.

     En cambio LA CASA DEL ABRIGO

        es claro, simple y directo.

  —Más sutil no puede ser, afirmó,

agregando que miles de personas lo han entendido

sin perder tiempo

o recordado cuando querían recordar algo

de la calle San Diego.

   Y usted no se imagina

   el valor que adquiere ese letrero

cuando en el horizonte se acerca una tormenta

y las hojas se arremolinan

  y las personas en la calle buscan dónde abrigarse.

         —Sepa usted que para escribir mis carteles

 yo nunca me baso en eso vago y melifluo

     que es la inspiración,

             ni la espero ni la llamo como lo hacen los poetas

mirando al techo, dejando pasar el tiempo

 que es lo que más se pierde escribiendo versos.

       Mis letreros

   —mostrándolos arrumbados con cierto orgullo—

             se basan en una necesidad verdadera

  o en otros letreros

        que veo en la calle.

                Y no tenga duda, mi amigo

  —reveló cuando yo estaba en la puerta, despidiéndome—:

               he usado para mis letreros,

con todo empeño,

        la misma imaginación desatada de los versos. 

                                [en Coronel Kurtz –sección “Otros poemas”-, Ediciones Alterables, 2022.]

Más Elvis que Elvis

  Si la vida de uno ya la han vivido

      o viven otros

    si ya no tenemos la menor sospecha o recuerdo

         de lo que solía ser la vida de uno

  o lo que podría haber sido

         si te hubieran dejado en verdad animarla:

             una plenitud algo radiante ni lo sueñas

      Si ya vivimos en el doblaje

           la versión

          que mucho se parece a nada

   o se acerca o proviene de ahí o se encamina

   Por eso

   que un día te pongas el traje estrambótico de Elvis

       con esas lentejuelas brillantes

 el mismo que se puso Elvis mientras se iba apagando

  y el cinturón de karate que no hacía más que recibir golpes

    o los lentes oscuros de marco metálico grueso  

  que dicen que el mundo puede ser todavía más oscuro

 y muevas como él esa panza provocando gritos de emoción 

entre verdaderos y sarcásticos

    vibración genuina cuando estás en el escenario      

         viviendo una experiencia como nunca

           y así vayas acortando esa distancia (con Elvis)

   lenta progresivamente

        hasta que apaguen las luces del show y tengas que bajar del escenario

             como el mismo Elvis lo hacía en sus presentaciones

 cansado sudando hacia la limusina

 es un intento desesperado pero intento al fin

si en esa precariedad

      de un suburbio de Buenos Aires no queda

  sino algo disparatado para ser alguien

       y también avalado porque Elvis

              ya se había doblado a sí mismo

        —¿Cuánto dinero pueden conseguir para Elvis?     

          Además ahí también están por esos retazos

y se emplean

     Mick Jagger Britney John Lennon

            Slash Iggy Pop Charlie Freddy en la misma

    alejándose de ese tono menor

   o dejando como un despoblado fantasma

       los sitios de origen en que debieron

     haber sido otra cosa

           —Yo inventé el rock & roll

   afirma el operario Gutiérrez mano de obra hastiado  

¿Vos sabés quién soy yo?

No

Yo soy Elvis

Elvis…, Elvis de dónde

De Memphis imbécil Voy a hacer que quemen este lugar

¿Sabés cuántos dobles de Elvis como vos tengo?

     La paradoja es que Carlos Gutiérrez

  ha sido más Elvis que Elvis

        en un sitio en que el propio Elvis nunca hubiera llegado a nada

  en una periferia deprimida

   como el doble de una ciudad que no fue

    / a bordo de un cadillac doblado de un cadillac de Elvis

     ya para el desguace humeante destartalado

   Pero has paseado por esa escena el esplendor de un rey

        donde todo era opaco o deslucido y ni soñaban con ver a Elvis

        en restaurants asilos de ancianos kermeses ferias casinos

   que no olvidarán tu paso ese día en que oímos una voz

       que era la del mismo Elvis despidiéndose

             Tus pastillas para dormir

                 igual que las del rey del rock te dejan

   en el rasgueo de una suave canción que te hace bien

                                              [en Coronel Kurtz, Ediciones Alterables, 2022.]

Nexus pregunta

       Nexus 6

         superpoderoso ángel miltoniano

                         exento de caries y picaduras dentales

               caído del cielo de la biomecánica

                            y avanzados planes de clonación

    con dudas existenciales hechas de aleaciones químicas

  a una ciudad con polvillo de diodos en el aire y sobresaturada de planes energéticos superpuestos

     Coca-Cola y explosión demográfica post-malthusiana SONY

                   –¡hare, hare!–

        pregunta como por el Santo Grial

              por sulfonato de metano etílico

                     (poderoso mutágeno)

   para prolongar en él la vida que se extingue

   –ha dado con el descubrimiento más importante

  que hay en la vida:

          la muerte–

          al Creador-ajedrecista

 más ocupado ahora en la rentabilidad de 66.000 acciones

           de la Tyrell Corporation, neo-Paraíso s.a.

     en su cama de sábanas de algodón egipcio

 y sirvientes aromatizados invisibles por ahora

  El encuentro familiar es tenso 

        como corresponde a paternidades descuidadas

 –madre ausente sin pubertad

          sin beso de las buenas noches–           

      pero Nexus está por lo menos liberado

                         del complejo obsceno del lactante Edipo

       y del paralizante miedo a la castración

   según el monodiscurso peludo de S. Freud

  Nexus entonces luego de un tono quedo-científico

 en que pregunta por todas sus posibilidades en pantalla

         y siguiendo el método religioso nietzscheano

  –para por lo menos hacer respetar el orden natural

de la muerte– desnuca al padre

  hastiado de las negativas y contrariedades

       de la fisiología de la vida eterna   

   noticiándose por fin

   de las propiedades reales de sólo una imagen de diseño

           y de los sinsabores de la desemejanza             

                                                    [en Coronel Kurtz, Ediciones Alterables, 2022.]

El bar de Bárbara

Emmi  / Alí  [Gastarbeiter]

 bailan apretados con la música del gramófono del racismo en el lebensraum que va quedando:

    el bar-dancing de Bárbara

  en que las dependientas escotadas caderonas mironas

y dispuestas a nada antorchado ni altisonante

              como sí al murmuro del amor o el deseo

   o al pormenor de su negocio en los detalles del inventario, los pagos y las deudas

            y tan abiertas como se pueda en sus camas

a las superpotencias de nacionalidades en auge,

 también se oponen al encuentro Europa / África

   porque Alí y los rugidos excitantes de la selva

o lo oscuro de una noche apasionante que él representa

en el papel del bar de Bárbara,

son privativamente para ellas durante y después

  de las horas de trabajo;

  fieras del rimmel

   pero también signo del celo o su remanente inesperado

en personas de las que nadie sospecharía otros programas

de dominio no por cotidianos menos ambiciosos

ni totalitarios.

                         —  “estoy sola la mayor parte del tiempo” —

  El Wurlitzer anima mundos o experiencias

que tardaríamos años en tener si no se oyera en su rincón;

  siempre hay un motivo o contrariedad para el racismo

   que se muestra o exhibe tramado

          con argumentos nada dudosos que permiten

su libre circulación

            auspiciada ahora por las sopas Knorr,

                                       Fanta y LÖWENBRÄU.

          Emmi es una especie de recuerdo

de las mejores cualidades germanas

disueltas en las marchas

         y el tamborileo de una época gamada y gritona

por lo que ya no se sabe cuáles son,

pero es por donde puede resurgir la propia Alemania.

 Emmi, vieja, fea, regordeta,

       es el quid de esa maldita palabra esperanza.

                                               [en Coronel Kurtz, Ediciones Alterables, 2022]

La llegada de la vacuna contra el Covid-19

¡Esperamos el pinchazo!

        ¡nuestros brazos están desnudos!

Todos los días nos persignamos

en el altar de Pfizer AstraZeneca Sinovac

  U. de Oxford Curevac Moderna Novavax

Janssen Sputnik V y ante cualquiera de sus filiales   

     asociados miembros del directorio accionistas

mayoritarios o minoritarios

investigadores o simples funcionarios administrativos

personal de seguridad y proveedores

  Somos hoy más capaces que nunca de improvisar

    una oración vacía pero creyente

  que los anime a ver como nunca

     el micromundo de sus microscopios en que vive el mal

agazapado en un reino alado negro y pestilente

        ¡Creemos! saludamos

    la venida escrutando las señas del cielo

o las olas del mar

   o el vuelo de los pájaros significando algo

o anunciando por fin

la venida de la vacuna en gloria y majestad

como una jeringa de aguja radiante entre las nubes

      –¡se oyen cánticos de alabanza!, ¡se oyen las trompetas!–

bajando a esta tierra de lamentos

y muertos por doquier

                                              [en Coronel Kurtz –sección “Otros poemas”-, Ediciones Alterables, 2022.]

12 de septiembre de 1973   

     Ud. está en Chile,

  ha sobrevivido el primer día 

                          sin saber cómo;

se ve perplejo, extenuado,

                               en el terror.

 Vocaliza un nombre querido pero sale vaho.

 No sabe en qué lengua feroz

       vociferan por radio y televisión

     ni su imaginación imagina

       a qué se refieren exactamente.       

 Tampoco percibe  

           si está de pié o sentado,

  si va o viene llegando

           de un lugar 

        que ya no reconoce ni desconoce.

  A partir de hoy

         le costará alzar siquiera un párpado, respirar,

      abrir la ventana

   para ver lo que alguna vez fue,

 dar un simple paso que ya no puede darse siquiera,

      para qué hacia dónde qué queda

        porque una fuerza bestial

                 aterroriza el entorno en todo momento.

  El día de mañana le parecerá imposible,

         el día siguiente que parece el año que viene;

    el año un río negro

     interponiéndose a su paso,

          paso que no sabe si dar o no dar.

   Ud. está en Chile,

 es de día pero es de noche, 

    la noche de la venda en los ojos.

  Ud. está adentro

              (se ha ido más adentro de lo que nunca pensó)

pero afuera,

        expuesto a un aliento animaloide,

fétido,

que le da arcadas.

    Por años –si por azar sobrevive–

            soportará

     la amenaza del roce de ese pelaje ensangrentado  

  todo el día en su puerta

  o en la calle cuando no sabe muy bien qué hace en la calle.      

          Ud. está en Chile,

      los signos conducen a ninguna parte;  

                   cree haber hallado un lugar seguro

     para comenzar a mirar la tarde simplemente

         y tratar de no emitir a nadie señal alguna,  

     para que nada se interprete o mal interprete

   ni siquiera se repare en esa persona que es Ud.

y no hace nada y le interesa que parece que no hace nada.

       Si alguien la llama, a partir de hoy,

   no sabe quién la llama

      ni sabe si es su nombre el que debería responder

  o por cuál nombre deberían solicitarla/o ahora.

Sin enterarse, usted podría estar señalado;

sin enterarse, usted podría haber señalado

   sin tampoco darse cuenta.

    Se quedará quieto, 

  y más quieto aún,

 aunque parezca ir o crea que ha ido,

    o venir o crea que vuelve.

                                               [en Coronel Kurtz –sección “Otros poemas”-, Ediciones Alterables, 2022.]

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