ENTREVISTA A EDUARDO VASSALLO

Entrevista de Juan Pablo Leppe a Eduardo Vassallo.
-Cuéntanos un poco de tus referencias poéticas y de lo que lees en estos días.
Esas preguntas por el tiempo y el atreverse vitalmente en “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, de T. S. Eliot, leído al comienzo de la adolescencia, me abrió a unos cuestionamientos que aún se sostienen. Las frases elegantes y sinuosas describían la casa de mis abuelos en que vivía por esos años: las tazas de porcelana, las cucharitas de café, los helados, los libros, los cuadros, las referencias a Miguel Ángel y Shakespeare en papel biblia estaban al alcance de la mano en una biblioteca en que no había nada “moderno” sino de otro tiempo. De manera poética me plegué al texto que articulaba ese mundo porque hacía hablar a esa casa y a mí, con un sentido que me rebasaba. Y la identificación ya era total porque hay un paciente anestesiado ahí que se tiende en una camilla. Me habían operado hacía poco en la Clínica Santa María, de manera que también era yo el que se recostaba a descansar, luego de inyecciones, medicación y bastante dolor al despertar. ¿Qué significaba que uno no era el príncipe Hamlet?, ¿cuánto tiempo disponible tenía? Interrogantes de una gran densidad. Eso me atrajo y me sigue interesando hasta hoy.
Luego le presté oído a esa voz alzada de Ezra Pound, quien está sobre calificado para ser fascista. Aunque quiera serlo y ponga los Cantos brazo en alto, le rompe las costuras a los camisas negras, es mucho más que eso. Mi atención inicial se produjo por el alto grado estético y fricción que hay en sus poemas y escritos varios, como Patria mía, con el entorno político, histórico, literario, cultural en general. Era parte de la tensión temática que uno vivía bajo la dictadura; entonces, el discurso poundiano permitía una trama expresiva para un ahora en un tono desafiante muy joven, vinculado a una realidad enriquecida poéticamente. Pound enfrentaba a un mundo histórico que volvía contingente a través de obras de cultura, empujaba una poetocracia si se quiere, y eso me pareció interesante porque instalaba referentes tasados, no una mera habla subjetiva, como índice de valor enfrentado a las ideologías girando nada más que sobre sí mismas.
Ahora leo una biografía sobre Wallace Stevens. Me interesa esa regularidad, esa vida rutinaria, que no necesita del personaje, sino jugársela en los textos como experiencia satisfactoria. Tendemos al personaje, y a veces avalamos personajes superiores a sus poemas, pero no a los poemas como personajes que nos basten. Ese estarse quieto, escribiendo poemas, es de mi atención: el poeta no poético, sin alardes, sin hazañas, el poeta sin un Winnipeg de por medio, si se quiere.
– Sabemos que das talleres. ¿Asististe a talleres durante tu época de formación? Háblanos de tu experiencia actual dando talleres.
Como delegado de cultura en el primer Centro de Alumnos de la Escuela de Derecho de la Universidad Central, allá por el 85, promoví y organicé un taller literario porque me parecía mejoraba la calidad de la vida universitaria, en un tiempo en que no había nada y todo era sospechoso y bastante problemático. Un día por casualidad me encontré con el poeta Raúl Zurita en la Plaza Mulato Gil, y lo invité a dirigirlo. Aceptó y partimos. Previamente se dio algo curioso, ya que tuve que hablar con un exministro de Pinochet, Hugo Gálvez, rector en ese tiempo de la universidad. Tengo que decir que se portó extraordinariamente bien, apoyó el proyecto desde el comienzo. En el taller se daba el seguirle la pista a unas lecturas, unas preopiniones críticas, el contraste de textos, la audición, el sacar la voz, el dar un paso al frente. Luego Zurita me invitó a un taller en su casa. Ahí recuerdo a Andrés Claro, quien publicaba por ese tiempo Del tártaro y del firmamento, su primer libro de poemas. No sé si continuó. Un poco más adelante, ya decidido, postulé al taller de la Fundación Neruda y fui aceptado. Sospecho que aquí cada uno avanzaba por su lado, que los trabajos en curso desbordaban a los talleristas. Luego, con Erick Pohlhammer, hacia fines de los 90, dimos por dos años un taller. Lo pasábamos bien y aprendíamos entre todos. Erick era genial, un tipo de mucho conocimiento. Y luego de años, en el envión de la pandemia, decidí dar un taller online el 2024. Tanto me entusiasmé con los contenidos, porque fueron surgiendo temas interesantes, que lo publiqué como libro y se titula Taller literario online, de Ediciones Alterables. Es fundamental estimular el espíritu crítico, comentar los textos, encontrarse con otras escrituras para ver si resisten las de uno y cómo están en relación a otras poéticas. Baudelaire sabía muy bien de qué hablaba, por eso alentaba el escritor crítico.
– Desarrollas tu trabajo literario entre distintos géneros. ¿Qué hay en la poesía que siempre vuelves a ella? ¿Sería ella algo así como el eje o centro de tu trabajo?
Es el lugar de origen, el botón de reseteo. Volver es muy arduo, pero si es bajo la premisa de deshacer lo que se ha rigidizado, vale la pena. Hoy, cuando los lenguajes en general están tan satisfechos de sí mismos en el orden social, y en otros órdenes, esta operación de desbaratamiento es casi obligatoria. Sólo la poesía está encarando este problema frente a lenguajes oraculares como el mundo según la IA, que se hace pasar por Trofonio y amenaza con dejarnos mudos.
– Has traducido la poesía de T.S. Eliot. ¿Qué desafíos se te presentaron y cómo los fuiste resolviendo?
Hoy me parece temerario que haya traducido sus poemarios principales, lo encuentro exhibicionista en extremo, me da vergüenza, ya no me interesa mi traducción, que por lo demás tuvo escasísimos ejemplares porque todo lo hice a mano. Lo que sí me interesa de ese trabajo, y sostengo, son las pocas notas que agregué a Cuatro cuartetos. Eso sí que lo encontré provechoso, y hablo de una tarea de fines de los 90. Es decir, encontrar la presencia argumental de ideas y proposiciones a las que Eliot les halló el equivalente poético discursivo, ayuda y explica la lectura. Por ejemplo: notar la presencia del discurso metafísico de Francis Herbert Bradley, en Apariencia y realidad, o el pensamiento económico medieval que habilitó lo que llamaban el “socialismo corporativo británico”, o “socialismo gremial”, expuesto en The Criterion, la revista de Eliot. Allí circulaban escritos de Arthur Joseph Penty, J. McAlpine y Joseph Needham, todos dándole vuelta a las bondades sociales y económicas medievales –según ellos– que buscaban implementar en Inglaterra contra la revolución industrial que arrasaba con todo. Por eso eran reaccionarios. Y los sermones del obispo Lancelot Andrewes, del siglo XVII. Es lo único que se puede rescatar.
– ¿Cómo puede comenzar la escritura de uno de tus poemas y cuándo los das por terminados? Tal vez podamos tomar por ejemplo el poema “Los letreros del viejo Feña”.
En ese caso se trata de una especie de gajo de “Tabaquería”, de Fernando Pessoa. La señal está dada por “Feña”, que puede producir una alerta; además, “metafísica” y “versos” ya remiten al texto, lo que quería dejar claro. En la lectura se me abrió un intersticio de sentido: qué podría decir el que hace carteles, el que está a cargo del trabajo menor con las palabras. Y por ahí me fui. Quería completar la experiencia, darle voz a quien está en silencio en el poema de Pessoa; y todavía me parecía más interesante si el “gran arte” de la poesía era cuestionado por una escritura digamos funcional, utilitaria. Y, además, buscaba una situación no de enfrentamiento, sino una especie de lección, porque hay un tercero que escucha –no cuestiona– y se queda con el relato que a su vez reproduce a otros terceros. Es decir, un texto que proviene de otro texto, pero siempre con tramos de imaginación, hallazgos y experiencias propias que se cuelan en las líneas; por ejemplo, conozco esas calles, vi los carteles de las micros, los cines del centro de Santiago, etc., y eso lo sitúa, le da una topografía citadina ligada a una función. Aquí toma la palabra, como dije, el cartelero, quien se las arregla para fundar su propia poética, que errónea o no, le sirve a él como fundamento de su oficio. Los versos “oscuros” o “fríos” que critica, pueden ser excelentes versos, pero se respeta su opinión, esa subjetividad y experiencia.
Respecto de saber cuándo un texto está terminado, el que mejor sabe qué hay ahí es el ello, él me informa de alguna manera y da el check.
– Tu poesía da cuenta de un imaginario culto, de un importante bagaje histórico y cultural. ¿Adónde puede estar el punto de equilibrio para no caer en la erudición o en el “culteranismo”?
Es un problema pesado, muy difícil de dilucidar y nos tomaría mucho tiempo llegar a algunas conclusiones. El equilibrio podría no ser un valor poético, por lo que habría que referenciarlo. Pero entiendo lo que se propone la pregunta. Si el peligro del hartazgo es lo que subyace, no hay manera de objetivarlo. Tal vez la sencillez, que podría venir de cierto naturalismo, es arrogancia frente al fenómeno aún más ascético y radical del silencio. Si el silencio es la referencia de un estado pleno, la sencillez o lo culto no logran velar lo desvergonzados que son ambos por querer hablar o tomar la palabra. Hacerse pasar por sencillo o por culto pueden ser operaciones finalmente no tan distintas. También hay que decir que lo culto no es necesariamente “alta cultura”, hay una cultura popular muy sabia y fina que tiene toda mi atención. El criterio de necesidad en un texto me parece válido para tratar de evaluar el tema. Desde hace algunos años también nos podemos dar cuenta del uso abusivo y panfletario del lenguaje directo, simple, con aspiraciones a lo concreto, la realidad, etc.; un naturalismo interesado políticamente que evade los desarrollos argumentales por alambicados, pero que a cambio simplifica o empobrece para decir cualquier cosa amparado no pocas veces en un sospechoso “sentido común” que no es tal.
– ¿Proyectos?
Como dijo Luca Prodan: mejor no hablar de ciertas cosas. Lo que sí, tengo terminado un libro de cuentos distópicos. Si alguien quiere publicarlos, que se contacte.
Santiago, septiembre 2026.
