El Rastro del Humo
Ronie Josué Rodríguez Torres (Rivas, Nicaragua; 21 de octubre) poeta, escritor y cantautor nicaragüense. Ingeniero Agrónomo por la Universidad Internacional Antonio de Valdivieso.

En esta ocasión presentamos al escritor nicaragüense Ronie Josué Rodríguez Torres.
En su propuesta confluyen la trova, el folclore y la canción de raíz nicaragüense, tejidos con el son, la memoria oral y las escenas cotidianas. A ello suma el canto hablado, un arte que enlaza palabra y melodía para cumplir con la vocación del cantor: transmitir las historias y la identidad de su gente.Ha participado en festivales culturales y publicado poemas, cuentos y relatos en Tinaja Intercultural, Revista Alma de Poeta, GAB Chontales, Revista Literaria Centro, la 2da Antología Iberoamericana UIM, así como en medios internacionales: Diario Alicante y Diario Siglo XXI (España), Diario Informativo JSB (Costa Rica) y Diario del Suroeste (México). Desde la universidad impulsa el arte y la cultura con talleres de poesía, y continúa compartiendo su obra en escenarios y medios digitales
El Rastro del Humo
Una historia de Benjamín J. Phillips
Había jurado dejar de fumar. Se lo prometí a mi mujer con esa solemnidad que se reserva para cosas graves.
—Es por ti, por nosotros —dije, tomando su mano derecha y llevándola a mi pecho mientras mis ojos se clavaban en los suyos.
—Confío que lo harás, Benjamín —respondió ella con una sonrisa cansada.
Ella me creyó. Y yo quise creerme también.
Los primeros días fueron un campo de batalla invisible. Cada mañana despertaba con el cuerpo en guerra; la garganta seca, los dedos inquietos y la cabeza pesada como si algo me faltara. Resistía, mascando chicles, tomando agua, inventando excusas para distraerme. Pero la ansiedad crecía como una marea, subía despacio y me ahogaba sin ruido.
Cuando cedí, lo hice con el ritual de un culpable. Encendí el cigarro en silencio, como si estuviera robando algo. El humo me quemó los labios y llenó mis pulmones de un calor extraño, casi prohibido. Por un instante, todo el mundo desapareció y sentí una paz fugaz, como un respiro entre la culpa que ya me devoraba. Fue un alivio y una traición en el mismo suspiro. Sentí la punzada de la culpa atravesar el placer, pero seguí fumando hasta la última brasa.
Después vino la colilla, ese artilugio que te condena con su presencia y que no desaparece.
La guardé en el bolsillo del pantalón que llevaba puesto, con la esperanza de que nadie lo notara. Luego me cambié de ropa y tiré el pantalón usado al cesto de la ropa sucia. Fue entonces cuando me golpeó la certeza, ¡la colilla seguía allí dentro! El corazón me dio un brinco.
Mi mujer tenía la costumbre de revisar mis bolsillos antes de lavar; no por control, sino porque yo siempre olvidaba cosas: —monedas, papeles, hasta un billete premiado de la loto, alguna vez—. Esa rutina, que antes me parecía graciosa, ahora era mi peor pesadilla.
Corrí de vuelta, metí la mano en el pantalón sucio y la encontré, aplastada, traidora. Sin pensarlo, con puro instinto de supervivencia, la pasé al bolsillo del pantalón limpio que iba a usar. Cada paso que daba sentía que el suelo crujía demasiado fuerte, que cada sonido de la casa delataba mi fracaso; un roce de la cortina, un rechinar de la puerta… todo parecía advertirme que ella ya sabía, que estaba observándome con la mirada cargada de reproche.
Salí de la habitación con la intención de deshacerme de la colilla antes de que ella entrara, pero algo me distrajo. No sé qué fue, tal vez un mensaje en el celular, tal vez mi reflejo en el espejo, cansado y culpable. Para cuando me di cuenta, ya estaba saliendo de casa a impartir clases a la universidad, con la certeza de que la colilla seguía en el bolsillo.
Horas después, cuando metí la mano para botarla, el bolsillo estaba vacío. ¿Vacío? Una gota de sudor frío me recorrió la espalda. Me preguntaba mientras la disforia y la incertidumbre invadían mis pensamientos — ¿Se había caído en la casa? ¿En el cuarto? ¿En el maldito pasillo?—. Pasé el resto del día imaginando los peores escenarios; ella encontrándola en la alfombra, en la cama, en algún lugar imposible de ignorar. Su rostro, primero incrédulo, luego herido, y finalmente furioso, se repetía en mi mente como una condena.
Al llegar a casa, el silencio era más pesado de lo habitual. Mis pasos resonaron en el suelo como si caminara hacia mi propia ejecución. Encontré a mi mujer en la sala, sentada, leyendo “Los placeres del condenado” de Bukowski. Levantó la mirada y me sonrió. Todo parecía normal, demasiado normal. — ¿La habrá visto? ¿Estará esperando a que yo confiese? —Me cuestionaba a cada maldito segundo como si el verdugo estuviera al acecho. La tensión en mi pecho crecía con cada segundo de su tranquila indiferencia.
Entré al cuarto con el corazón latiendo como un tambor de guerra. Revisé cada rincón, cada esquina, cada centímetro del piso. Nada. La colilla no estaba. Me desplomé en la cama, sudando, agotado por el peso de la paranoia. —Tal vez nunca la encontraría —me dije, tal vez ella ya lo sabía y estaba esperando el momento perfecto para desenmascararme. O tal vez, solo tal vez, se había perdido en algún lugar inofensivo.
