¿POR QUÉ ESTA HISTORIA? [2] Prohibido morir

 

Por Paula Winkler

 

Cuando todos celebraban la apertura de la actividad económica en mi ciudad (Buenos Aires), aún sin que se hubiera vacunado a buena parte de la población argentina y porteña, preocupada racional y razonablemente, quise fantasear con la post pandemia y el supuesto final de una larga historia sanitaria en el planeta. Y así salió este cuento, con un ligero escepticismo, como se verá. 

 

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Prohibido morir

 

Despuntó el día. Después de un café amargo y dos cigarrillos, Ramírez abrió y cerró la puerta de casa. Caminó hasta la línea D. El subte, atiborrado de gente incivilizada o sumisa, lo llevaría hasta el edificio de los sabios, donde enseñaba en el tercer curso. Sin apuro, esquivando empellones, subió las escaleras y apuró la marcha, le irritaba la impuntualidad.

Reinicio de clases presenciales después de una ominosa pandemia que se llevó puesta a la cuarta parte del mundo: comenzó como si la charla se tratara de una resurrección pagana, no por ello menos válida. Continuaba enojado, no podía evitar la rabia que lo acompañaba desde siempre. Era ominoso vivir entre otros… ¿Se era feliz en el infierno?, preguntó. Qué infierno, intervinieron dos alumnos; otros opinaron que, para poder serlo, había que huir del planeta. La mayoría desestimó, por imposible, la felicidad. Ramírez introdujo al auditorio en el pensamiento freudiano. Tricias, un alumno brillante, se despachó a gusto: para la psiquiatría era insana la pulsión de muerte, el sujeto debía avanzar, seguir adelante a toda costa. Claro que, si los hechos recientes demostraban la tentativa biopolítica inconsciente de perpetrar un suicidio colectivo, nada de ello había producido alertas comunitarias serias en ningún sentido. No se había dejado de destruir ecosistemas, nada impediría la aparición de nuevos virus zoonóticos, de bacterias letales: la carrera desaforada por competir y tenerlo todo sin importar el sujeto había esclavizado a la humanidad convirtiéndola en un monstruo egoísta y estúpido. A puro consumo, se volvería a lo archiconocido, ninguna modificación radical. Habitualmente renegamos y desmentimos, profesor, dijo otra alumna. Al fin, según Oscar Wilde, agregó Ramírez, nada reviste la menor importancia. Hoy la libertad de expresión se entiende como el derecho obsceno a la palabra, participó otro, estamos borrachos de debates sin tener noción de nada. Los hechos no se discuten, solo las ideas, puntualizó otra chica inquieta, confunden hermenéutica con ontología, profesor. Para la próxima, vincularemos lo tratado en clase con el existencialismo, sugirió Ramírez. Traigan lecturas pensadas sobre textos de Sartre: ensayos, novelas, obras de teatro. Y antes de partir, preguntó: la nuda existencia a la que fuimos arrojados ¿tendría ahora, después del Covid19, nuevos vórtices?… Sonrieron, cerraron carpetas, y Ramírez regresó lo más rápidamente posible a casa. Deseaba prepararse un té con miel y oír a Wagner, asomándose por la ventana de su quinto piso con el viejo tazón que lo acompañaba desde hacía años. Allí abajo en el afuera, sonaban impunes los ruidos de la vida, que él no deseaba compartir. Por esa acera habían circulado sus novias de la infancia, la mujer de la que se divorció, nunca supo por qué, y otras olvidadas excepto su madre, cuyo cadáver fue transportado en compañía de sus vecinos hasta Chacarita (en su convicción más íntima algo de ella vivía aún en él). Debajo de su piso, allí mismo donde transitaban chicos con sus padres y domésticas con perros, un gallego gentil había estado afilando tijeras y cuchillos mientras hablaban de la guerra civil española y del futuro argentino, de fútbol, tango, milonga y paso doble. Y un viejo anarquista que componía relojes, carteras y zapatos se había peleado con los encargados de dos edificios aledaños, cada cual quería su vereda más limpia. Son fascistas y gastan mucha agua, decía el anarquista. Atrás en la historia arqueológica del barrio, carruajes habrían llevado a destino a carboneros e indigentes, y un mercado ofrecería carne, verduras, fiambre y lácteos como cuando él era niño. La mayoría, amas de casa, cargaba su changuito dispuesta a sufrir, como su madre, algún destrato de parte de su marido y mandatos familiares acerca de la bonanza del ser. Foucault, Badiou, Berardi… estaba harto de teorías, aunque insistía en enseñar.

Llamó a Verónica. No había podido estar con ella durante casi toda la pandemia. Era ermitaño, pero necesitaba de sus abrazos. Se encontraron en el departamento perfumado de ella, que exhibía algunas joyas art déco en la cocina: un mueble con terminaciones zigzagueantes mostraba copas de bacará de la abuela y vajilla de porcelana, contrastando con el desorden de sartenes y cacharros. Verónica se destacaba como gastronómica, vendía comidas rápidas a pedido, muy sabrosas. Cenaron como si hubieran estado juntos el día anterior (su relación continuaba sin cambios pese al confinamiento de la pandemia): tallarines con estofado, natillas de postre, café y envueltos de chocolate con crema. Madrugaron hechos un lazo. Ramírez la quería a su modo. Le dio un beso en la frente, la tapó y regresó a casa. En definitiva, saltaba de un vacío al otro en un mundo donde lo único que parecía descollar eran los excesos emocionales, la gente se perdía gravemente, pensó. Fumaba como un descosido, eso sí, y leía, enseñaba en la universidad, corregía exámenes, cada seis meses sostenía reuniones aburridas con el rector y el decano (los dos últimos años habían transcurrido en el espacio virtual). La autoridad académica había ido sucediéndose en el tiempo intercambiando lúcidos con incompetentes. Ni siquiera la pandemia pudo llevar a la reflexión a aquella universidad que se empecinaba en repetir los errores pedagógicos del pasado solo que, por zoom, en sus aulas virtuales.

Desde Sócrates a la fecha, para qué sirvieron las ideas y el conocimiento que produjo la humanidad. ¿Acontecería algo relevante, ahora que el Covid-19 y todas sus maléficas variantes acababan de partir de este mundo por su exclusiva cuenta? Turnos, largas colas para vacunarse, obsesión por medir la fiebre; olfatearlo todo temerosos, cuidarse cuidando al otro, pero sin poder verlo habida cuenta de la distancia social con que se machacaba. Si había distancia, esta no era social: la sociedad es cercanía. Paradojas que más tarde recogería la RAE pontificando como siempre sobre la obligada evolución del lenguaje. Durante dos años y un poco más, los medios habían repetido números de muertos, infectados… Se armaban grescas ideológicas que confundían, volvían a la ciudadanía en contra de sí misma, se fabricaban psicóticos. Como si no hubiera sido suficiente el virus letal… Hasta que un día disruptivo, pasados poco más de dos años, a través de las radios, revistas, periódicos, redes, en llamados telefónicos personales, por celular y griterío urbano por doquier, el planeta dio cuenta de que el virus se había hecho trizas o huido de la estratósfera, vaya a saberse. La Ciencia estudiaría ese milagro contra fáctico, anunciaron las noticias. Y él, Ramírez, abandonó sus puchos por un instante: petrificado por el asombro, el techo comenzó a dar vueltas vertiginosas sobre su cabeza. Su cerebro parecía una calesita averiada: ¿dónde irían a parar su existencia esclavizada por el jabón, los barbijos y el miedo? Se quedó dormido recordando el horror que acababa de cesar e imaginando renovadas incertidumbres. Soñó con un océano enrojecido por la sangre vertida de su fauna. Barcazas y transatlánticos navegaban sin rumbo, el sol se les venía encima a los viajeros enceguecidos por su pánico. Jamás anochecería, le susurró Morfeo al oído…

Luego de un fin de semana gris, sin haber advertido ningún cambio importante en el país y la ciudad (ni en él ni en nadie) pese a la extinción definitiva del Covid-19 y sus jodidas variantes, desayunó su habitual café amargo y encaminó hacia la Facultad. Llevaba consigo en un kindle parte la obra de Sartre. Alguno de sus textos sería discutido con el alumnado, a su entera elección. En la enseñanza lo que cuentan son las lecturas, distintas interpretaciones que van formando capas diversas sobre un mismo discurso que deja por ello de pertenecer a su autor y construye cultura. Ramírez sabía de su oficio y amaba a sus alumnos. Nuevamente en la hora pico (ahora que estaban todos en la post pandemia), el subterráneo transportaba a gente apilada hecha una masa informe, situación de la que podía disfrutar en lugar de irritarse como antes: la distancia imprescindible de dos metros entre él y el prójimo se había fugado con el maldito virus, a Dios gracias. Cuerpos aseados, sucios, traspirados o con loción se apretujaban en una orgía lumpen de la que su propia piel participaba deseosa. No le gustaba la clase media, sentía rechazo porque idealizaba a los pobres y envidiaba a los ricos. Sin embargo, de momento, sus fobias quedaron diferidas: la humanidad volvía a socializarse en cuerpo y alma, participando de una fiesta integrada y bella, acaso efímera pero real. Recordó el cuerpo de Cristo. Al haber encarnado su sacrificio en el Padre, ser crucificado y después resucitado, este constituye la sempiterna evocación de lo imposible: Jesús murió, pero no se lo podrá matar jamás. Vive en llagas, está presente. Camino a Puán, se le ocurrió invitar a un Jesuita amigo para que hablara en su cátedra del milagro. Ramírez se dedicaría al deseo del masoquista, que toma solo lo mortuorio de la Cruz como modelo. Multitudes subían y bajaban. En las estaciones, algunas personas daban la impresión de estar padeciendo una extraña exaltación que irrumpía en sus rostros cotidianos; otras solo expelían el sudor de su claro malestar. El aire circulaba tibio. De súbito, se apagaron luces, volvieron a encenderse.

Y Ramírez se acordó de aquel sol en sueños. Sonrió porque se habían salvado en Buenos Aires, no en aquel océano enchastrado de sangre. La fauna humana continuaba en los parajes urbanos subterráneos asegurando la fuerza laboral de los porteños. Arribó. Contó cada escalón hasta la calle, orgulloso de haber sobrevivido al virus (y al sueño). Quizás, hasta aparecía un cambio: de escéptico pasó a entusiasta gozoso. Hablaría pronto con su amigo Jesuita para organizar la charla. Por ahora, Sartre lo acompañaba a clase, no estaba solo.

Llegó agitado por la expectativa. Fue hacia el aula donde lo esperaba el alumnado. Distribuidos en sus pupitres, cada uno tenía papeles, libros, computadoras. Comenzó a hablar. Sartre nació un 21 de junio de 1905 en París. En 1945 un grupo de nuevos escritores se encontraba anhelando que “estallara la paz”, como compensación a muchos quebrantos emocionales y crisis políticas devenidas de la guerra. La frase había quedado inscripta en la historia de las Letras. En el grupo estaban Albert Camus, Simone de Beauvoir, Maurice Merleau-Ponty y desde luego, Jean – Paul Sartre… Ramírez debió de pasar mucho rato concentrado en sus dichos pues se le escaparon dos cosas. En efecto, parecía no registrar la diferencia entre hecho y retórica, el existencialismo lo había tomado hasta las tripas sin darse cuenta. La primera cosa que no percibió fue una atmósfera tenebrosa que se filtraba lentamente por entre los ventanales del aula que daban a la calle. Adentro, por lo demás, ningún alumno tomaba nota ni intervenía. La segunda, que, desde lo alto del cielo, un sol tóxico y paranormal parecía ir encegueciendo, omnipotente y rápido, a los transeúntes. Caían al asfalto o se aferraban a las paredes, gritaban como cuervos heridos. Los pudo ver por entre las ventanas. ¿A él también lo dejarían ciego?… Quiso escapar, la puerta bloqueada… Pidió ayuda sin éxito, arengando a todos a que se retiraran como pudieran, debían salvarse. Nadie se levantó. En cambio, aplaudían ferozmente.

Ramírez despertó por fin de su letargo. Sintió una especie de abismo, de vacío real: allí en el aula ningún humano se encontraba amenazado por el sol. Tricias, sus alumnas inquietas, los perezosos, ninguno de ellos participaba de la clase sobre Sartre. En cambio, prolongaciones metálicas de robots aplaudían, desenfrenadas. Los robots carecían de rostro.

 

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Paula Winkler nació en Buenos Aires, Argentina. Doctora en Derecho y Ciencias Sociales, fue declarada Jurista Notable en su especialidad por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación en 2004. Magíster en Ciencias de la Comunicación por el CAECE (Centro de Altos Estudios en Ciencias Exactas) y especializada en estudios semiológicos de la cultura, sus cuentos con premios locales e internacionales, se incluyen en antologías. Su página de internet es www.aldealiteraria.com.ar. Ha sido, además, investigadora en el Centro de Evaluación de Población y trabajó conjuntamente con la Dra. Catalina Wainerman en psicología social (1977/1978), realizando el trabajo publicado en el Cuadernillo N° 7 del CENEP, que obtuvo mención y subsidio de la Universidad de Masachussets, “El trabajo de la mujer en la Argentina”. Poeta, narradora y ensayista, publicó, entre otros, Los Muros, cuentos, editorial Botella al Mar, Buenos Aires, Argentina (1999); Cuentos perversos y poemas desesperados, editorial Libris para Longseller (libro objeto), Buenos Aires, Argentina (2003), El vuelo de Clara, novela, editorial Nueva Generación, Buenos Aires, Argentina (2008), La avenida del poder, novela corta, editorial Nueva Generación, Buenos Aires, Argentina (2009), El marido americano, novela corta, editorial Simurg, Buenos Aires, Argentina (2012), Fantasmas en la balanza de la justicia, novela corta, editorial Moglia, Corrientes, Argentina (2017) y Viaje a Escandinavia. Mis nietos de invierno, novela, editorial Vinciguerra, Buenos Aires (2020). Asimismo, Semiotic Notes for the study of visual imagery, en: Artscape magazine, New York, E.E.U.U. (2007, versión bilingüe); Zavala, una lectora con ética y localizaciones epistemológicas, en: La Huella liberada, ArCibel Editores, Andalucía, España, Coordinadora: Zulema Moret (2008), Insularidad e insularismo, en: La Fascinación Insular, Revista La Página, número especial (88), Islas Canarias, España (2010), entre otros textos propios y colectivos. Actualmente se encuentra en prensa un volumen de cuentos, poesía y viñetas.

 

 

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