Entrevista de Casa Bukowski a Cristián Cruz
Ancud, junio 2026

Por Juan Pablo Leppe
Gracias a las bondades del internet y a la gentileza del entrevistado, pudimos llevar a cabo esta entrevista con Cristián Cruz (San Felipe, Chile, 1973), poeta de versos testimoniales de los días, de experiencias vividas y situaciones cotidianas, pero miradas desde un ángulo fresco, que las subvierte, y troca por chispazos electrificantes.
El autor entra al espacio virtual de la Casa Bukowski, y luego de sacarnos los zapatos y ponernos cómodos, le pedimos: cuéntanos brevemente, Cristián, de tus principales referencias vitales y literarias.
Dentro de ese universo de lecturas e influencias, de situaciones de vida de los poetas anteriores, siempre he sido directo con reconocer las influencias, la disposición a sentirme comprometido con ciertas escrituras, con ciertas estéticas. Con los años aprendes a aceptar que esos poetas, que esas lecturas fueron las que te han acompañado en las noches, en los viajes, en la vida. Es como decir; anoche estuve bebiendo con Carver o con Yesenin, y los considero mis amigos y los quiero por eso. O en mi juventud Teillier o Cárdenas fueron grandes amigos míos, bebía todas las noches con ellos, o con Barquero. Creo en cierta medida que al leerlos estaba sentado en la mesa con ellos. Incluso me encuentro enamorado de Stella Díaz cuando leo sus Dones previsibles. Las influencias son sanas si se reconocen, porque existe una cadena creativa, un fulminante emocional que estos autores detonan en ti. Si ordeno el asunto, en la primera etapa de mi poesía lo lárico tenía un profundo sentido, casi me convertí en una extensión de esos poetas, de esas poéticas. Entonces, como estos poetas eran muy educados en poesía, es decir, leían y recomendaban autores con sus reseñas o artículos; uno terminaba leyendo tales apuntes. No sé, se me viene Romeo Murga, por ejemplo, un poeta perdido en la inmensidad de la década del 20 del siglo pasado. O estas influencias me hacían llegar a poetas tan disimiles como los Mandrágora o los alucinados Díaz Casanueva o Rosamel del valle. Es decir, sin querer uno se transformaba en lector competente, en un buscador. ¿Te fijas? Tremenda influencia la poesía lárica, y terminabas leyendo a Teófilo Cid con su Hasta el Mapocho no más y cerrabas la puerta. Yo te diría que comencé por esa poesía y claro, sí o sí se caía en Lihn y de ahí a comprender la riqueza de la poesía chilena. Después hay que moverse, abandonar la casa paterna y salir a buscar camino. Yo te diría que los chinos fueron fundamentales, sorprendentemente afines con el mundo que yo vivía en la provincia, en las montañas. Un Tu Fu o Li po y toda esa Dinastía Tang, venían a colocar un nuevo camino. Si el Larismo había sembrado mis primeros poemas, la tradición de la poesía china se alzaba como la gran fuente, que además emanaba un sentido espiritual para esta mirada poética que nacía en un agreste paisaje de montaña y norte chico en el cual habitaba. Yo soy de San Felipe, aunque tengo doble militancia: tuve mi paso por las periferias de la dictadura en los 80s en Cerro Navia. Brígido, pero las calles iban a aportar lo suyo después. Yo creo que una tercera etapa muy marcada para mí y creo es donde encontré algo que le dio mucho sentido a mi poesía, no lo digo en lo estético que, sí se transformó, digo sentido en que me encontré escribiendo lo que yo quería escribir. Sentía que pude abandonar esa frase tan caballa que uno escucha cuando parte como poeta cachorro; Tienes que encontrar tu voz propia. Que terrible esa frase, el solo hecho de pensarla dan ganas de tirar la toalla, es decir, en este país en donde hay poetas y de los buenos, entonces el panorama no es el más expedito para encontrar un espacio, para sentirte un Ermitaño del loto azul. Esta tercera parte tiene que ver con mis lecturas sobre los poetas norteamericanos, los ingleses, es decir lo anglosajón incluso. Yo creo que conjugué, en parte ese Chile que es la casa piloto del neoliberalismo. Nuestras conductas son aquellas que tenían los gringos en los 50 o 60. Un aire de decadencia humana y en esa decadencia aparece la emoción que es lo único que no te va a abandonar. Digo emoción en el sentido de fijar la mirada en el fraseo, en la situación que conjuga un poema. Y claro, comienzas a abandonar la metáfora, esa gran metáfora que es la poesía chilena, porque en general está construida de metáforas. Que hoy están de moda las metáforas, claro que vienen a reemplazar la mentira y el fascismo de un presidente blanco. Aunque en Chile siempre los presidentes han sido blancos. Entonces te encuentras con esta influencia que te da ese segundo o tercer aire para continuar en tus poemas, pero esta vez saltando las vallas papales de la poesía chilena, que son infranqueables para algunos. He sido una gustosa víctima de las influencias.
Háblanos de tu proceso de escritura: Rutina/»oficio»? Rachas/ inspiración?
Yo creo en las libertades de tiempo y forma. Hasta unos 5 años atrás, era un tipo institucionalizado, de trabajo institucional, profesor, directivo de escuelas. Un Skinner de la fiesta, un conductista. Aunque trataba de comprender el lenguaje de la calle o de los niños. Los niños son buenos, pero no para ser tratados de manera encerrada. Claudio Naranjo a quien suelo escuchar, plantea que la educación es un gran fraude, trabaja en función de una mentira. No asegura nada en esta sociedad, yo te diría que, si sabes contar, leer y conoces los billetes, puedes llegar a ser un gran independiente o mejor, un informal que es lo que al sistema no le sirve. Hace 5 años aprendí a levantarme a las 10 de la mañana promedio, porque desde niño te hacen madrugar para ir a la escuela y de ahí al trabajo, o sea, nunca te sueltan. Entonces a pesar de aquello, me las arreglaba para escribir en los trayectos al trabajo, y luego cuando tuve un escritorio, bueno, siguiendo el ejemplo de Octavio Paz, lo administrativo rapidito, y luego a lo nuestro, a leer o escribir si es que se daba la cosa. Pero sí, editaba mucho en esos escritorios de la oficina. La editorial que dirijo, Casa de Barro, tiene casi 26 años y yo diría un poco más. Entonces al principio era por amor al arte, pero hoy estoy completamente ligado a su trabajo y, por ende, al ser un trabajo poético cuento con tiempo, que no significa que yo escriba más. Nunca me coloco un sistema rígido para escribir los poemas, llegan no más. Confío en esa mirada Zen a que apuntaba Ginsberg; que el poema está en la meditación del día, ese que captan las antenas del poeta. Ahora bien, se puede escribir en el momento o después de mucho, pero está ese poema. Hay ráfagas de poemas que aparecen en un lapso de tiempo acotado, otras veces no pasa nada, entonces leo, no me urge no escribir un poema en un mes, ando de poeta por la carretera, tranquilo, ya he escrito, espero, una poesía decente y espero, siga visitándome esa extraña cosa que me hace escribir. Por ejemplo, en el último libro de poemas, el último capítulo fue escrito en un bus de Santiago a San Felipe, una mañana invernal, nada especial. Fue una fuerza casi como una epifanía, cosas que no suelen pasar. El viaje dura una hora y media. Escribo eso sí, en los libros que ando leyendo, a mano, luego los transcribo al computador y de ahí, muchas versiones, tantas como poemas dados de baja.

¿Cultivas otros géneros? ¿Lees narrativa?
Sí, escribo crónicas, reseñas literarias sobre libros, crónica histórica. Publiqué cuando joven mis crónicas literarias, sobre libros y poetas. Esas la publicaban en el diario de San Felipe, los martes. Ese diario desapareció, al igual que mis crónicas. El Valle se llamaba ese diario. Fue un ejercicio muy entretenido, me obligaba a leer y a divagar semanalmente sobre poéticas y poetas. Luego se publicaron en Valparaíso el 2003. Y también publiqué unas crónicas de historia local, de una comuna donde trabajaba como profesor rural; Panquehue, un pueblo que no tenía su historia escrita, nadie lo tomaba en cuenta. Esos años fueron muy poéticos, me creía René Guy Cadou, ese poeta que era maestro rural y al cual Teillier le dedica un hermoso poema. Yo hacía clases de historia y al otro lado de la ventana un hortelano hacia las melgas con un caballo de tiro y un arado de palo. Entonces dije, oye, acá nadie ha escrito la historia de este lugar y como San Felipe gozaba de una tradición exquisita de cronistas de historia y a mi me formaron esas crónicas, me propuse escribir esa historia. Ya no trabajo ahí, por supuesto, pero esos libros son el motivo de lectura en las escuelas de esa comuna. Y sobre la narrativa soy muy malo para leer novelas, para leer cuentos. Los de Carver por supuesto, las novelas de Bukowski de todas maneras, pero francamente me seduce la poesía, la crónica y el ensayo.
Cómo definirías tu poesía, tu estilo
Antes era una ensoñación constante, una constante de imágenes y paisajes y situaciones en torno a un supuesto, un ideal. Incluso pastoril, que es un término que le escuchaba siempre a Jaime Quezada, un tremendo poeta chileno que fue mi profesor del Taller Neruda el 98, junto a otro poeta formidable con el cual me uno en su libro Chilenos y Chilenas. Esa era mi poesía, muy afincada en la corriente del Larismo. Pero hoy soy un disidente de aquello, sin desmantelar lo andado, solo que hoy la emoción que emana de las situaciones, por lo general conflictivas y a ratos dolorosa y de pérdida, me hacen leer el poema. Por eso la periferia de Santiago, la vida de las calles en los 80s me dejó poemas. Nada de panfleto, nada de choreza. Aunque pude sobrevivir a las calles que eran mi patio y el de los demás. Cualquier equivocación costaba caro. Los problemas de separación, hijos, atados de familia, asuntos de dinero son en donde encontré el poema. Es como darles la vuelta a los fracasos, pero nada de conformismo político, sigo siendo un comprometido con la causa, aunque tolero a los aburridos abajistas que tratan de escapar de sus costumbres de clase.
Crees que el hecho de vivir en regiones, en la provincia, se refleje de algún modo en tu trabajo literario
Por supuesto, y siempre fue así. Lo que pasa es que hoy cualquier punto puede ser el centro, fíjate, antes estas entrevistas se las hacían a poetas que vivían en Santiago, es decir, que si era de Santiago tenía valor. No digo que no estén los poetas en la capital, tengo buenos amigos y que son buenísimos poetas allí. Solo que hoy por ejemplo ya no existen esas barreras y el que las coloque, es decir, que cuestione que no se puede ser poeta si no se está en Santiago, está fuera de época. Mis poemas partieron en lo bucólico, y luego se fijaron en una pequeña ciudad, pero lo que importaba es que cuando le das y le das, haces que esos poemas tomen un rumbo hacia lo general, hacia un poema convocante. La esencia de las montañas son la fuerza de un territorio, pero eso lo tenemos todos los seres humanos en nuestro ideario, las montañas, por ejemplo, la cima, la nieve. Por qué esos poemas no van a ir a parar a un sentido común, a una comprensión. Los poemas del mar o que contengan mar, ¿cómo no van a ejercer sentido en un mundo lector?
Háblanos de tu último poema, del que escribiste más recientemente
A ver, creo que es un poema de un entrevero que tuve con mi compañera. Es que siempre esas cosas me otorgan un sentido poético, creo ver ahí amor. Es decir, que el amor tiene esa parte de atados que lo hacen muy importante, porque se tienen que salvar, te fijas. Es mucho el amor que se coloca para salvar esas cosas. Entonces como mis poemas describen la emoción o bien describen con emoción intrínsecamente, terminan siendo amorosos, pero no mamones. A eso me refiero. Entonces volvíamos de un paseo por una playa solitaria en una pequeña isla que da al Reloncaví, en las islas Butachauque. De una soledad implacable, un Chiloé real, nada de turismo; real. Mi compañera es profesora encargada de la escuela, que tiene 3 niños, unidocente. Allí vivimos con una cocina a leña y una pieza al costado de la escuela, muy sencillo, muy poético. Pero de regreso del paseo, problemas, y todo se fue a la mierda. Te fijas, de la nada. El ser humano es complejo, aún así, esa situación provocó el poema porque la ternura para deshacer el entuerto es muy natural, sales jugando a lo Elías Figueroa, tocando. Bueno un poema que cuenta esas cosas, con un escenario de soledad austral y el fuego, que siempre se toma la escena, maderos quemándose en la chimenea. Es inédito, no sé si llega a tocar una fibra, pero es honesto.
¿Crees que ya escribiste tu mejor poema?
Difícil responder eso, debería fijarme en las antologías, por ahí dicen que ciertos poemas se tomas la escena, pero creo que sí, por todas las referencias críticas y reseñas que ha provocado mi poesía y en ellas ciertos poemas te diría que sí, para no ser un hipócrita que finge modestia. Una de las formas de aplacar el ego es reconocerse y definirse, y esta pregunta es peluda, aunque se vea sencilla es creo yo, mal intencionada, jajajajaja, pero es incisiva. Sí, creo que hay un poema que me motiva cosas gratas.
Cuéntanos de tus proyectos
Estoy escribiendo unas crónicas sobre mi vida como cantor a lo divino, y como chino y alférez. En eso estoy, las estoy enlazando con mi apreciación de la vida de los santos a quienes solemos venerar, algo místico y muy espiritual, mucho recorrido de montaña, campos, costa central. Otro mundo que llevo desde joven. Mucha poesía en décima ahí, no mezclo esos mundos, pero me componen. Y en poesía escribo para armar un libro que no sé dónde termina ni cuándo se arma. Y sigo editando en Ediciones Casa de Barro, que ha tomado un camino fascinante, y por ahora, contestando esta entrevista que me ha sacado de la modorra semanal.
Cristián Cruz (San Felipe 1973).
Ha publicado entre otros libros: Dónde iremos esta noche (poemas, Ediciones Inubicalistas, 2015); La aldea de Kiang después de la muerte (poemas, Ediciones Casa de Barro, 2017), No era yo esa persona (poemas, Ediciones Inubicalistas 2021), No hay caso con todo esto (poemas, Ediciones Bogavantes, 2024); y la antología Una Bella Noche para Bailar Rock (Editorial Aparte, 2024). Recibe el Premio Alerce, de la Sociedad de Escritores de Chile 2003 por el libro La fábula y el tedio. Finalista del premio Municipal de Santiago 2025 por su libro No hay caso con todo esto. Ha sido incluido en distintas antologías de poesía chilena y extranjera.
