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AÑO 7 - 2026

Ricardo Olave: La evolución de un poeta

Por Ivo Maldonado

Ricardo Olave (Temuco, Chile, 1997). Poeta, periodista y editor. Estudió en la Universidad de La Frontera y en la Universidad de Coimbra (Portugal). Es autor de los poemarios Enclaustro (2022) y Portugal Blues (Editorial Bogavantes, 2026), este último escrito gracias a la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro y la Lectura. Su trabajo también explora el archivo y el periodismo cultural, colaborando en diversos medios y coordinando el espacio de memoria cinematográfica Lo Ruiziano. Actualmente reside en Barcelona.

La poesía de Ricardo Olave se configura como una bitácora del desplazamiento y la memoria, donde el lenguaje opera con la precisión del cronista y la sensibilidad del desarraigo. Si en Enclaustro su escritura lidiaba con el repliegue y la asfixia del aislamiento, en Portugal Blues la voz poética se expande hacia la extranjería, transformando el viaje por la península ibérica en una cartografía interior. Su propuesta poética dialoga constantemente con la tradición del sur chileno y los fantasmas literarios europeos; es una lírica de la observación atenta, donde el paisaje ajeno se habita desde la melancolía y el poema se convierte, a fin de cuentas, en el único territorio habitable.

-Tras un año y medio en Barcelona y una estancia previa en Portugal, ¿cómo han moldeado estos distintos suelos europeos tu sensibilidad actual?

Creo que la migración me permitió contar con lo que necesita un escritor: tiempo, que utilizo para darle espacio a la maravillosa vida cultural que ocurre en Barcelona. Aquí hay movimiento de artistas de todas las naciones, pero esencialmente comparto y convivo con poetas chilenos y latinoamericanos.

Siempre agradeceré lo vivido en Portugal. Tenía 24 años cuando llegué por primera vez a Europa y fue Coimbra la ciudad que me recibió. Luego estuve largos períodos en Eslovaquia, País Vasco y Chipre, hasta asentarme una larga temporada en Sevilla, donde aprendí del oficio poético y encontré métodos para desarrollar mi escritura.

Mi sensibilidad se construye en contacto con el otro, y quiero dedicar mi vida a poder aprender muchos idiomas, o fortalecer los que ya manejo, para poder entender, leer y tener otras perspectivas. Ese es el aspecto que más me genera regocijo. Ayer, en una lectura de poesía en varios idiomas, me desenvolví entre el portugués, el inglés y el francés, y cuando ocurre eso llego a dormir con una sonrisa de oreja a oreja.

-El contraste luso-catalán: ¿Qué rescatas de la atmósfera de Portugal que aún resuene en tu escritura, y cómo se diferencia de la energía que has encontrado en Cataluña?

Portugal Blues es un libro que homenajea la atmósfera de ese país que, como bien dijo Raúl Ruiz, es el de la confesión de sentimientos: una extraña combinación de arquitectura pombalina, atardeceres oníricos y una nostalgia sempiterna que hace que cualquier persona tenga ganas de llorar y expresar sus sentimientos.

Tuve la posibilidad de leer mucho y en el idioma original. Fueron los poetas modernistas quienes me adoptaron y me guiaron como buenos fantasmas durante ese período. Pessoa, en sus múltiples formas, me hizo comprender que es bueno transformarse; no hay razón para ser quien uno es toda la vida. El año pasado esa conexión se fortaleció luego de participar en una residencia literaria en el Algarve, donde, junto a un excelentísimo grupo de traductores, tradujimos a un poeta popular.

Mi escritura cambió porque yo también he madurado. Conocer el oficio, compartir con escritores y tener espacios para leer y publicar dan cuenta de cómo uno quiere vivir la escritura. Aquí le llevo la contra al gran Jorge Teillier, quien decía que las ciudades son accidentes que no prevalecerán a los árboles. Opino que somos nosotros quienes vivimos apenas un segundo en la historia dentro de estos polos de energía. Barcelona es un centro energético que hace que uno quiera crear y creer en su arte. Te mantiene siempre en vilo, inquieto, deseoso de explorar.

-Al haber transitado por el portugués y ahora el catalán/castellano peninsular, ¿de qué manera ese «ruido» de idiomas ha afectado la estructura de tu poesía?

Mi maestro, el cubano Carlos Lloró, me enseñó que no entender es una forma de entender. Eso pasa mucho cuando uno quiere aprender un idioma. Ese ruido del que me hablas, o mejor dicho, la incomprensión de los idiomas, es lo que me mantiene con vida.

Portugal Blues es un libro cuya semilla proviene de la teoría de Manuel Ortiz Veas, quien me enseñó que la comunicación es un acto de hacer en común, y que solo ocurre cuando nos reunimos entre humanos, para que valores tan importantes como el altruismo o la empatía aparezcan. Por supuesto, haber escrito este libro cuando aún daba pasos de ciego hace que sea una exploración juvenil, pero con los riesgos que todo joven poeta que quiere conocerlo todo debe enfrentar. Es esa energía la que logra traspasar a lo largo de los versos.

-Después de estas escalas internacionales, ¿qué es hoy para ti «el hogar»? ¿Es un lugar físico o se ha convertido en un espacio puramente literario?

Cito nuevamente a Teillier, quien dice que mi casa puede estar en cualquier lugar del mundo. Agradezco ser un nostálgico a tiempo completo, capaz de desprenderse de lo vital, como la familia y el territorio, para seguir visitando nuevos destinos. El hogar no debe ser necesariamente un lugar físico; no obstante, la tarea del migrante es construir o descubrir lugares seguros a los que eventualmente llamamos hogar. Tengo la suerte, como Freud, de haber encontrado en mis amigos lo mejor de la humanidad.

-Temuco es una ciudad de fronteras, lluvia y madera. ¿Cómo sobrevive ese imaginario del sur del mundo en el sol y el urbanismo mediterráneo de Barcelona?

Yo nunca me he ido de Temuco. Podré ser muchas cosas y, desafiando lo que dijo alguna vez Roberto Bolaño, por más escritor en lengua castellana que sea, sigo siendo un escritor de región. Temuco es donde aprendí a mirar la vida, y de eso no se puede escapar. Uno lo puede complementar, pero todo se reduce a encontrar los lugares en los que uno se crió reflejados en el lago de un país desconocido.

Agradezco que la distancia no sea impedimento para seguir conectado. Cuando volví a Chile en 2024 organicé un festival de poesía en Fundo El Carmen, el barrio donde me crié, inaugurando una placa de mármol con versos de Teillier. Ese pequeño acto significó mucho trabajo, porque existen muchas trabas para hacer actos culturales, lo que hace que cualquiera pueda llegar a rendirse. Yo me mantuve firme hasta lograrlo.

Actualmente colaboro con Ediciones UCT en la difusión de la segunda convocatoria del premio Yosuke Kuramochi, un reconocimiento que homenajea a un poeta japo-temuquense fallecido, y que este año publicará dos obras originales de poetas que viven entre La Araucanía y Magallanes. Este trabajo me ha permitido desde investigar la obra de Kuramochi hasta organizar una lectura online con poetas del sur de Chile que no conocía, además de impregnarme de sus voces. Nunca pensé que me pagarían por algo que podría hacer gratis.

-¿Qué autores o movimientos culturales que emergen hoy desde el sur de Chile sigues con interés desde la distancia? ¿Sientes que tu obra dialoga con lo que se está gestando allá?

Hace poco pude entrevistar a Pablo Ayenao, uno de mis escritores favoritos. Tiene una pluma muy cercana a la lírica, es cuidadoso con las palabras que utiliza y sigo creyendo que muchos más deberían leerlo. También mantengo un contacto cercano con poetas como Ricardo Herrera, Carolina Quijón y Romero Mora Caimanque, entre otros escritores y poetas. Sigo, como puedo, lo que está pasando: me llegan PDF con obras y reseño cuando el tiempo lo permite.

Mi libro dialoga con La Araucanía porque nace de las dudas de crecer en un territorio de frontera. Temuco es una de las últimas ciudades fundadas tras el despojo del pueblo mapuche, y estos territorios, a finales del siglo XIX, fueron verdaderos polos cosmopolitas. Eso se fue perdiendo con el paso de los años, y a mí me tocó crecer rodeado de chilenos, pensando que el mundo estaba lejos y que solo se podía acceder a él a través de la televisión. Esa inocencia de querer ver el mundo es palpable en esta obra. Todas las dudas sobre cómo son los pueblos del mundo tienen su origen en crecer entre humo contaminado y volcanes explosivos.

-A propósito de Portugal Blues, ¿En qué momento exacto de este tránsito entre Chile, Portugal y España comenzó a gestarse? ¿Fue un proceso de acumulación o nació de un impulso repentino por la extranjería?

Hay de todo un poco. Portugal Blues se escribe de un solo impulso durante mi experiencia en Coimbra, ciudad universitaria en el centro del país. Acababa de terminar Enclaustro, mi primer libro, y no recuerdo el minuto exacto, pero apareció el nombre. Es un título trillado, pero que funcionó como gatillador.

El impulso repentino de querer regalarle algo a quienes fueron mis compañeros de residencia me llevó una noche a escribir poemas y a intentar traducirlos a sus idiomas, con la torpeza que eso conlleva. Al leerlos tiempo después, noté que ahí había algo que debía revisar.

Posteriormente a Portugal, viajé tres meses por Europa, y en cada lugar avancé en la construcción de nuevos poemas que iban en busca de la comunicación universal. Ya asentado en Sevilla, estuve tres meses puliéndolos cada mañana desde la biblioteca Infanta Sofía, hasta darles la forma que soñaba.

Luego vino el período de paciencia: cuatro años de rechazos editoriales y comentarios de amigos, hasta que en enero de 2025 recibí la beca de creación literaria del Ministerio de las Culturas, al quinto intento. Gracias a eso, este libro habita el mundo material.

-Es una apreciación personal. Te veo saltando a la novela en poco tiempo más. Muchos grandes novelistas fueron poetas primero. ¿Cómo crees que tu formación en la poesía blindará o enriquecerá tu prosa para que no sea una narración convencional, sino una con una textura distinta?

Agradezco tus augurios. Siento un gran respeto por la novela como género, quizás el más importante en mi vida hasta que recibí el llamado de la poesía. He coqueteado con la nouvelle cuando tomé un curso de escritura creativa en la Universidad de Sevilla, que exigía entregar una obra de 80 páginas para obtener el diploma. Me arriesgué con una obra de ciencia ficción que habría escrito en la adolescencia, pero que nunca me senté a escribir. No la he vuelto a leer y no lo haría; debe quedarse escondida.

Creo que, como hijo de esta generación digital, la hibridez será un sello. Si bien siento que puedo pegar algunos golpes en la poesía, me gustaría escribir crónicas periodísticas, cuentos, investigación e incluso biografías. La novela tarde o temprano llegará, pero lo haré con el rigor y el silencio que merece. Mientras tanto, espero que puedan nacer otros libros que están cerca de su forma final, como Plaza Poeta Jorge Teillier, una crónica personal sobre lo difícil que es hacer gestión cultural en Chile cuando no eres político o no tienes amigos importantes.

-¿Hay alguna presentación, lanzamiento o colaboración especial en Europa que vayamos a ver en los próximos meses?

Este año debería publicarse Aleixo multilingüe, la traducción al rumano, inglés, árabe y español de las cuadras del poeta popular Antonio Aleixo, un libro donde el poeta andaluz Manuel Moya me permitió gentilmente incluir mis traducciones, pese a que con las suyas era suficiente. Que Moya haya hecho eso, alguien que ha traducido a Pessoa, da cuenta de su alma noble y de un espíritu más joven que el mío. De hecho, ahora a finales de junio regreso a Loulé a leer en el festival Poesías do Mundo, gestionado por el gran Tapé.

También en julio saldrá la antología conmemorativa del ciclo “Yeguas Cyberpunk, Cabalgando Salvajemente”, de la plataforma PLACA, un movimiento del poeta chilango-andaluz Iván Vergara, que reúne a poetas que durante los últimos diez años han participado en lecturas de nuevas miradas. Yo debuté oficialmente como poeta en Europa en enero de 2023 en uno de esos eventos, y es de esos empujoncitos tan necesarios que dan otros poetas.

Espero también, si los astros se alinean, que Portugal Blues pueda ser traducido a otros idiomas.

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