EL OJO – JENNIFFER ZAMBRANO

El Ojo me recordaba a un animal minúsculo y húmedo. Un animal que temblaba tibiamente en la víspera de su muerte. El ojo también podría, en pocas ocasiones, parecerse a un huevo recién puesto. Delicado y oculto. Claro y vulnerable.

Al Ojo, yo lo imaginaba flotando, sin rostro al que estuviese pegado. Era un ojo y ya. Un ojo que veía pero que era incapaz de procesar las imágenes. Que me contemplaba caminar desnuda o llamar por teléfono pero que no entendía qué era yo, y, a pesar de eso, no podía dejar de ver.

Pero un ojo es inútil si solo es eso, si solo ve.

Me di cuenta de su existencia el primer día después de la mudanza mientras desempacaba y fijé la mirada en una de las paredes de la habitación. Distinguí un agujero que, estoy segura, no estaba cuando recién llegué. Lo revisé sin darle tanta importancia y volví a abrir y ordenar cajas hasta que anocheció. Entonces, a mitad de la madrugada, cuando me levantaba a orinar, lo vi. Era una luz brillante que entraba por el mismo agujero de antes. Una luz que desprendía pequeñas partículas que se dispersaban por doquier.

Al acercarme, mi ojo quedó frente a ese extraño. El Ojo movió su pupila de lado a lado, aumentando la velocidad con cada movimiento. Como un globo demasiado inflado. Un ojo que funcionaba como bomba. En un parpadeo mío, la luz desapareció llevándose consigo al Ojo y el otro lado volvió a sumergirse en tinieblas.

 

Después de ese primer encuentro, todo ocurrió de forma orgánica. El Ojo comenzó a aparecer más a menudo. Sin entradas dramáticas, sin esconderse, permanecía largos ratos en la pared. El Ojo me veía y yo, cada vez, lo alimentaba de maneras distintas porque sentía que mi desnudez o mi voz no podrían ser suficientes para mantener intrigado a un ente de ese tipo.

Llevé a casa nuevos cuerpos desnudos. Cuerpos de todos los tamaños. De hombres, de mujeres, de todo aquel que estuviese a mi alcance para complacer esa mirada absurda que persistía. Constantemente pensaba en que ese ojo no podía haber encontrado un mejor lugar para ser, que aquel agujero en la pared.

Pero un ojo es inútil si solo ve.

Con el paso de los días, y me daba mucha vergüenza aceptar que era así, fui tomándole cariño al Ojo. Cuando estaba fuera de casa, llegaba a sentir que extrañaba la sensación de ser vista en todas mis dimensiones. ¿Ustedes saben cómo es? ¿Cómo se siente estar expuesto a la vista de una mirada furtiva e incansable? El Ojo se convirtió en visita perenne. Elemento que completaba aquel muro y que yo nutría hasta el cansancio con rutinas nuevas cada tanto. Si sospechaba que El Ojo estaba viéndome, el cansancio se minimizaba y la imaginación confabulaba para tramar algo nuevo que mereciera la pena ser visto.

 

La noche de la desaparición del Ojo, sentí muchos ojos mirándome al mismo tiempo mientras caminaba por la calle. Ojos flotantes que no podían pertenecer a ninguno de los transeúntes que pasaban cerca de mí. La sensación me dio escalofríos. Aceleré el paso con una sospecha aguda asomándose por encima de mis otros pensamientos.

Al llegar a casa me acerqué a la pared con un pesimismo clarividente y no pude encontrar el agujero. Palpé cada centímetro de aquella masa de cemento para corroborar que no estaba. La pared era lisa, parecía nueva, sin fallas que el tacto pudiera descubrir. Intenté con las demás paredes, pero el resultado fue el temido. Encendí las luces recién en ese instante. La casa lucía normal, cada mueble en su sitio. Esperé con ansias que hubiese sido un error. Una especie de sueño, un desacierto de mi cerebro, de mis dedos, un fallo mío con tal de que no fuese la pérdida total del Ojo.

Pero las manos no se equivocan y aciertan con más frecuencias que los mismos ojos. Por eso, el sitio amaneció igual que como había estado la noche anterior. Esperé dos días más antes de decidir hacer algo. Revisé una última vez, sin esperanzas, solo para ganar tiempo y, con el mismo resultado, caminé en dirección a la salida y luego hacia la casa de al lado.

Las luces estaban encendidas y era la primera vez que me cuestionaba quiénes eran los vecinos. Toqué un par de veces hasta que escuché unos pasos intensos acercarse hasta donde yo permanecía parada, con el puño aun golpeando sobre la puerta, que se abrió sin que alguien saliera. Entré, llamé de nuevo, las luces parpadearon y, con mis dedos aferrándose a las paredes, caminé por un pasillo en el que los focos se apagaron por completo.

En la total oscuridad sentí que estaba siendo observada. Unos ojos gigantes de color verde surgieron en mi mente. Ojos como los de un felino: afilados y cuidadosos. Entonces, las miradas se transformaron en algo lúgubre, que estaba en todas partes, que me rodeaba al mismo tiempo en que se iba apoderando de mí. Uno de mis dedos sintió la silueta de un agujero. Asomé mi propio ojo por el hoyo tan familiar, tan inolvidable. Ahí pude ver a una mujer. Una mujer desnuda o hablando por teléfono. Una mujer desesperada por saberme aquí para siempre, pero yo tenía miedo de observar por mucho tiempo. De acostumbrarme a lo que este escondite propiciaba.

Me alejé con dificultad de aquella pared. Decidí avanzar, seguir a oscuras por el pasillo, comprendiendo al fin qué era esto, hacia dónde iba y pensando en los ojos que hubo antes y aún más en los ojos flotantes, pertenecientes a nadie, que avanzaban detrás de mí. En estos ojos, ojos inútiles que solo sabían ver.

 

 

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Jenniffer Zambrano (Guayaquil, 1995)

Estudió Literatura en la Universidad de las Artes. Sus textos han sido publicados en revistas nacionales e internacionales y en antologías entre las que destaca El Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017).

En 2017 obtuvo una mención de honor en el Concurso de narrativa Efraín Jara Idrovo y en 2018 el segundo lugar en el I Concurso de cuento Libre Libro.

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