ENAMORARSE AL FIN – Carlos “Bauhmski” Cuaquentzi

 

 

En aquella ocasión, había un sol violeta casi del anochecer, cuando, de la nada, salió esa mujer de la calle rota —así me pareció—. Era de estatura media y guapa, castaña. Me dijo:

—¡Hey, Bastardo! ¿Tienes un cigarrillo? Muero por encender uno desde la noche.

—Sí, señorita, tengo un cigarrillo, pero es usted grosera —le dije.

—Ja, ja, ¿sabes qué? Quiero un trago helado para calmar el miedo.

—No tengo mucho dinero —le dije—, pero puedo invitarle un whisky y un poco de Júpiter dentro del Old Fashioned junto con los hielos.

Ella sonrió.

—Pareces un poco macho, como esos cabrones que pueden golpear a una mujer cuando ya están ebrios —espetó mirándome brava—. Sus ojos eran negros, tanto como la noche.

—Sólo arrojo a la gente por las ventanas y rompo las sillas hasta que llega la policía. Las mujeres suelen hacerme llorar —le confesé en tanto caminábamos lejos de allí.

La tarde se había nublado y pequeños remolinos verdes y amarillos de viento emergieron por todos lados a causa del cambio de temperatura y la caída del Orden Universal. Pensé en que ella podía sentir frío. Lo noté en su piel que comenzaba a resentirlo.

—¿Sabes? Muchos hombres han roto mi corazón.

—Los hombres rompemos todo porque así nos enseñan desde pequeños —dije en tanto llegamos al bar.

—¿Rompes tú las cosas? —dijo y me tomó de la mano—. Entramos al bar y pedimos copas bien cargadas al camarero.

Para ese momento, rayos rojos y estruendos insoportables acaecían fuera del lugar. Algunas personas caían de rodillas suplicando perdón hacia los cielos. Las miramos ambos y nos sonreímos cómplices de la maldad del mundo. Nos besamos.

—¿Piensas que puedes ser diferente si te lo propones? —me preguntó.

—No, en realidad no, no creo que valga la pena.

Un niño gritó fuertemente cerca de ahí y las demás personas del bar guardaron silencio. Algunos caballos sueltos pasaron por la avenida. Eran todos negros y blancos. Los tendidos de electricidad estallaban desde los postes y éstos caían como mástiles de barcos en altamar. Vino entonces lo peor. No tuve miedo, pero pensé que ella podría sentirlo.

—Creo que puedo quererte —me dijo ella y le creí.

—Soy débil y te creeré.

—Puedo enamorarme una vez más —dijo—. Había lágrimas en sus ojos.

Todo el cielo fue púrpura entonces y la temperatura bajó inexorablemente. Sentí placer por la simple razón de que todo dejaría de existir.

—También puedo enamorarme de ti —le dije.

El cielo se tornó rojo y se transformó en fuego. El más grande fragor se escuchó a lo largo del mundo y la nada lo devoró, pero ella y yo nos tomamos de la mano. Yo me sentí feliz por primera vez en mi vida.

 

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Carlos “Bauhmski” Cuaquentzi es poeta y escritor. Egresado de la Escuela Nacional de Antropología a Historia y estudiante de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es creador del proyecto cultural y artístico Ciudad Absenta y sólo publica su poesía y narrativa en el mundo underground. Fue un activista y militante comunista; hoy mira el violeta horizonte nihilista con una sonrisa en el rostro.

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