Pikunche del Pueblo de Indios de Peomo y de las Mercedes de Cudau de Carlos Carvajal Barahona

El libro Pikunche del Pueblo de Indios de Peomo y de las Mercedes de Cudau de Carlos Carvajal merece un reconocimiento y agradecimiento de los peuminos. Somos más que afortunados de que uno de los nuestros haya tenido no solo afán y entusiasmo, sino las capacidades para escribir un texto de la relevancia de este trabajo, el que debería animar a otros etnohistoriadores a buscar los orígenes prehispánicos de sus comunas. Es un esfuerzo mayúsculo, que supera el mero interés por el pasado como un objeto de estudio proveniente de la academia. En el caso de la historia, como es sabido, se trata de un interés especial por una realidad revisitada desde preguntas que nos formulamos desde el presente. Cuántas veces en nuestras mismas vidas nos ocurre que volvemos hacia atrás para volver a un determinado suceso o evento y nos lo explicamos en cada oportunidad de una forma algo diferente.

No creo que sea casualidad que una investigación de tanta relevancia para lo que fue un pueblo de indios haya visto la luz aquí, entre el cerro Gulutrén y el río Cachapoal. Al menos yo no lo veo así, pues sostengo que nuestra identidad peumina, en donde paisaje y vivencia se funden, nos hace permeables a las inquietudes por conocer más y más de nuestro terruño. También ayudan a ello, por un lado, la prensa peumina, representada por décadas por “El Progreso del Cachapoal” y la “Revista Gulutrén” y, por otro, desde la academia, la excepcional “Historia de la Parroquia de Peumo”, de Walter Hanisch Espíndola y la tesis de licenciatura en Historia de Julieta Trujillo, asimismo otros trabajos que se han publicado en las últimas tres décadas, que nos han permitido ir de a pocos avanzando en la reconstrucción de los cimientos de lo que hoy somos.

Como es sabido, además, a medida que más nos conocemos más cambiamos también nuestra propia identidad, desafiada e interrogada constantemente. En mi caso, la lectura de este libro me ha situado, ya no en mi casa de Walker Martínez N° 313 (única comuna en Chile cuya calle principal tiene el nombre del mayor opositor al presidente Balmaceda), sino en un lugar de la increíble ruta del Qhapaq Ñan, conocido también como Camino del Inka. Según lo que nos informa el autor, viví en mi infancia unos 300 metros hacia el poniente del tambo ubicado en donde actualmente está el juzgado y la cárcel, mientras que el próximo tambo se encontraba donde hoy está la casa patronal de la ex-hacienda de Codao. Pero es cierto que no soy un peumino ancestral, sino más bien casi un recién llegado, en consideración a que mi familia se estableció acá por el año 1924.

Primero, aclaremos que el trabajo de Carlos Carvajal se inserta en la especialidad de la etnohistoria, que “es la rama de la historia y de la antropología que estudia a las comunidades originarias de una determinada región del mundo y su convivencia con otros grupos humanos, con la complejidad política e identitaria que ello representa” (definición de Wikimedia). En esta disciplina, no es menor el esfuerzo que tiene que hacer el investigador, pues debe constatar fuentes históricas muy antiguas y cruzar esta información con lo que la antropología y cada vez más la arqueología nos señalan sobre las culturas que habitaron en el lugar de estudio, en este caso lo que hoy conocemos como Peumo.

El autor trabaja en este libro sobre un objeto de estudio que no es ajeno ni impuesto, sino sobre algo que siempre ha estado con él y los suyos, pues se remonta hacia los siglos pasados en búsqueda de sus ancestros familiares y los de su comunidad, el barrio Aguas Claras. Debo decir que las descripciones tan primigenias de la comarca peumina son precisas, aunque ellas crean imágenes que distan mucho de lo que hoy conocemos. Ahora, si imaginariamente estuviéramos en la cima del cerro La Cruz quinientos años atrás, veríamos la senda del Qhapaq Ñan idéntica en su trazado a nuestra calle principal, también la estrecha huella que no llevaba al Ushnu Inka, altar que existió en el lugar donde ahora está la cruz, en medio de un tupido bosque de peumos, boldos y litres, entre otros árboles nativos. Hacia abajo, veríamos cultivos de maíz y de quinua cercanos a Ruka, también llamas pastando y quizás el tambo, a lo mejor agitado por la llegada de un chaskí que trae una noticia importante o por la visita de un kuraka representante del imperio. A lo lejos, además, divisaríamos la laguna Tagua-Tagua con su pukara imponente.

Muchas más imágenes y circunstancias se relatan en este libro, lamentablemente lejos de esta bucólica añoranza que me permito. La llegada de los españoles, aunque resistida con la participación muy importante del lonko Peomo entre autoridades pikunche no pudo evitarse y aquí se instalaron entonces los conquistadores. Las encomiendas de Peumo y Codao significaron en muchos casos la muerte prematura de muchos de los pikunche que habitaban este territorio y también de quechuas y quizás también de gente de otros pueblos cazadores-recolectores que intercambian productos con los asentados. En los primeros tiempos, la mortandad se debió sobre todo al trabajo excesivo en los lavaderos de oro cercanos. Los que sobrevivieron, fueron sometidos a una vida hostil y sacrificada, nunca exenta de abusos de diversa índole, ya fuera por los encomenderos, o por curas o personas nombradas en cargos por las autoridades españolas.

En el transcurrir de los siglos, el autor nos va dando a conocer cómo fue cambiando no solo el paisaje natural, sino el humano, y también las actividades económicas con las que la comarca se volvió parte de la época colonial y republicana. La minuciosa entrega de información, nos permite aventurarnos a conocer a personajes que dejaron sus huellas en diversos documentos notariales, judiciales y parroquiales, que el autor nos los trae a colación en su relación, junto a los habitantes originales y también a otras familias de heterogéneos linajes que confluyeron en ese Peumo tan alejado de la vida citadina de la capital del Reyno, como después de la República.

Con todo esto, nos habla Carvajal de la impronta originaria, a la que no rendimos ningún tributo hoy en día y si algún sacerdote intentó hacerla desaparecer, pervivió hasta bien entrado el siglo XIX. Hoy, gracias al trabajo de nuestro etnohistoriador constatamos que, hasta nuestros días pervive esa impronta. Y ello ocurre a pesar del largo proceso de mestizaje y a la par del sincretismo cultural, que nos la ocultaron. Perviven así también quienes estaban mucho antes de la llegada de los civilizadores, fueran inkas o españoles y los procesos de aculturación e integración forzada de los tiempos republicanos.

Lo más relevante es que, tal como se dice en la conclusión del libro, “en mi pecho hay espacio para los dos”, mestizo y picunche. Gracias amigo, tu esfuerzo nos permite reconocernos en la diversidad y en el respeto a esas miradas, pasos, pensamientos, afectos y emociones que esta vez se nos encarnan a través de la que fue tu travesía a los orígenes del este rincón de Chile que habita en nosotros.

[Jorge Bravo Cuervo, sociólogo]

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