¿POR QUÉ ESTA HISTORIA? [1] SU HIJO /EL MUNDO

Por Matías Escalera Cordero

 

Hace unas semanas, durante el mes de mayo, miles de jóvenes procedentes de Marruecos, incitados y manipulados por las autoridades de su propio país, cruzaron irregularmente la frontera que separa el reino alauita del enclave español de Ceuta; unos pocos murieron; otros, la mayoría, regresaron decepcionados o fueron deportados; muchos eran niños y adolescentes, menores no acompañados. Cerca de un millar aún permanecen internados en la ciudad.

Este relato, que he titulado SU HIJO / EL MUNDO, es una especie de estilizada respuesta a ese hecho; una motivación que se encuentra en gran parte de mi escritura, una escritura que, o bien responde al mundo, a los estímulos que de él proceden y que movilizan, por una u otra razón, mi necesidad de respuesta literaria; o bien está causada por una pregunta o una duda acerca de mí mismo, o del propio mundo también, que necesito imperiosamente dilucidar, aclarar o responderme.

La primera de las motivaciones –como es este caso– está asociada, supongo, a la impotencia; la segunda, a la curiosidad. Este relato sería, así, una forma de compensar mi propia impotencia; pero, una vez terminado y releído, me di cuenta de que también es un canto, sin pretenderlo, a la fuerza quieta, serena e imbatible contenida en determinadas mujeres, una determinación que solo se manifiesta ocasionalmente en los hombres, cuando perdemos, ya viejos, nuestra hombría.

 

 

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SU HIJO / EL MUNDO[1]

 

Ella nunca se paraba ante las pantallas. Ahora, estaban por todas partes, había grandes y pequeñas. Todos vivían pendientes de ellas; en las casas, en los rincones de las plazoletas, en los riscos, mientras vigilaban los rebaños; cuando estaban solos o acompañados; en fin, todos y en cualquier circunstancia o lugar vivían pendientes de ellas. Los jóvenes soñaban despiertos contemplándolas. Su hijo pequeño también. Es el mundo, madre, le decía… Ella lo escuchaba y pensaba: No, el mundo es este, es lo que tenemos, hijo… Sin embargo, nunca se lo había dicho, solo lo había pensado, y se arrepentía de su silencio…

A su hijo y a los jóvenes de la aldea, sin embargo, no les interesaban las imágenes del príncipe de los palacios del sur, solo les interesaban las imágenes que llegaban de más allá del Estrecho. Imágenes hermosísimas de un mundo atrayente y distinto: de ciudades inmensas y limpias, de gente invariablemente feliz, poseedora de todas las cosas imaginables, mujeres también, de blancas sonrisas y pieles sonrosadas… Su hijo soñaba dormido y despierto, como todos en las montañas, con esas imágenes asombrosas y con todas las cosas que tendría y con las mujeres a las que amaría y le amarían. Ella lo sabía. A todos los hombres de la aldea les pasaba lo mismo, todos adolecían de esa fiebre extraña y dañina. Ella sabía que el único mundo era el que tenían, la aldea, las montañas, los rebaños, pero los hombres creían que el mundo estaba lejos, allá, cruzando el Estrecho del peñón de los monos. Nunca intentó convencerlos, nunca dijo nada y ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Por eso, cuando le dijeron que su hijo se había ido a las alambradas, junto con otros hombres y niños de la aldea, no se extrañó: Es la fiebre de los sueños, les dijo, y comenzó los preparativos del viaje. Tomó su tamelhaft y su mejor amendil, las babuchas de los días feriados, y, cuando estuvo lista, esperó en silencio el momento de la llamada que pronto llegaría.

Y llegó; al día siguiente, alguien se acercó a su oído y le dijo: Han visto a tu hijo encaramado a una ventana con barrotes de hierro, y te llamaba… Ella asintió, como quien sabe de antemano qué le han ido a decir… ¡Iré!… Exclamó, con un gesto en el que se mezclaban la decisión inquebrantable y la desazón; pero, cuando salía de la aldea, quisieron disuadirla, la paraban y unos le decían: ¿Dónde vas…? No lo conseguirás…Y otros añadían: No te metas en más problemas, bastantes tiene ya tu hijo… Sin embargo, mientras bajaba por los terraplenes y los calveros, la imagen de su hijo encaramado a la ventana, pidiendo auxilio –o saludando a los periodistas y a los curiosos, quizás–, se le hacía más y más nítida… Dirían lo que fuese, pero ella sabía que su hijo la llamaba, que le gritaba desde detrás de los barrotes de hierro: ¡Madre, ven a por tu hijo!… Y ella contestaba: ¡Ya voy, hijo!… Te rescataré de la fiebre de los sueños, solo resiste un poco….

Al llegar al cruce, supo, sin necesidad de leer los carteles indicadores, por dónde se iba a la dulce Sebta. Eran dos días de camino; su padre se lo había repetido muchas veces: Son dos días de camino; recuerda, desde el cruce, son dos días de camino… ¡Aguanta, hijo, son dos días!… Era su letanía.

Al segundo día, de madrugada, llegó a la frontera. Cuando el oficial de la gendarmería de aduanas salió de su puesto, requerido por los dos subordinados que vigilaban el paso, se encontró a los dos agentes parados, con sus subfusiles en bandolera, como abducidos por la mirada de una mujer que se mantenía frente a ellos en medio del perfecto círculo de luz amarilla que la lámpara que iluminaba la entrada al pasadizo de torniquetes, trazaba en el pavimento. Las tres figuras estaban quietas y en completo silencio… Pero ¿qué hacéis ahí pasmados…? Les grita el oficial a los dos gendarmes absortos… ¡Mi teniente!… Sí, perdón, mi teniente, dice que quiere pasar al otro lado… Contesta uno de ellos… ¿Quién y por qué…? Replica el oficial… Viene de las montañas… ¿Es que estos montañeses no se enteran de nada…? Se queja. ¿Les parece poco lo que hemos tenido estos días aquí…? ¿No sabe que está cerrado el paso y, más, a estas horas…? Dice que su hijo la está llamando desde el otro lado; que lo hace desde una ventana con barrotes de hierro… El oficial se acerca al círculo de luz y queda inmediatamente prendido de la natural y altiva dignidad que emana de aquella figura y de aquella mirada. Y, preso de un temor supersticioso, les grita a los dos agentes a su cargo: ¡Dejad pasar a esta loca!… Dios bendice a los locos, no seré yo quien me interponga en su camino… ¡Que se encarguen ellos de despacharla a su casa!… Los gendarmes se apartan con un respeto y recogimiento que no gusta nada al oficial, y la madre atraviesa el estrecho pasillo de torniquetes, perdiéndose, por unos segundos, en la breve penumbra que se extiende hasta el borde de los nuevos círculos de luz que forman, sobre la explanada que separa ambos puestos, los potentes focos que, desde la otra parte, vigilan el paso.

¡Alto!… Se oye por la megafonía del puesto frontero… ¡Mi hijo me llama!… Dice, ella… ¡Alto!… Repite la voz metálica… ¡Mi hijo espera a su madre!… Repite, ella, a su vez… Y, desde la penumbra de la otra parte, aparecen dos figuras armadas; una se adelanta hacia la madre que busca a su hijo y entabla una breve conversación con ella; los gendarmes y el oficial, empinados sobre los torniquetes, tratan de escuchar lo que dicen, pero es inútil, hay demasiada distancia y hablan en voz baja. Al cabo de unos segundos, la figura que se ha adelantado a hablar con la madre montañesa, grita: ¡Dejadla pasar!… Es una orden taxativa… ¡Al menos, se llevará a casa a uno de ellos!…

¡Vosotros qué hacéis, a vuestros puestos!… Estalla, de repente, la voz del oficial… ¡Sí, mi teniente!… Obedecen, al instante, los dos gendarmes, que han estado siguiendo la escena de la explanada intermedia… ¡No dejéis que se acerque nadie hasta el amanecer!… Les conmina el oficial… No quiero que nadie me moleste; y, menos, otro montañés loco… Es que es imposible saber cuándo los dejamos pasar y cuándo no… Susurra uno de los gendarmes… ¿Qué cuchicheáis, desgraciados…? ¡Nada, mi teniente!… ¡Que no dejaremos que nadie se acerque y, menos, un montañés loco, mi teniente!… ¡Así es!… Aúlla el oficial, mientras se retira al interior.

Cuando, hacia el mediodía, llegó el coche fúnebre al puesto, procedente del otro lado, eran otros los gendarmes y otro el oficial. Sin embargo, al ver salir y erguirse la imponente figura de la madre montañesa, quedaron tan impresionados, como sus compañeros de la madrugada… Dicen que, cuando llegó al centro de internamiento para menores, se lo encontró muerto, colgado de una ventana con barrotes… Les informa, el nuevo oficial, a los dos gendarmes del relevo, mientras visan los papeles de la repatriación del cadáver. Ninguno podía desviar la mirada de aquella madre montañesa que había llegado, desde tan lejos, y que había recibido la llamada de su hijo, encaramado a aquella ventana con barrotes de hierro. Y quedaron aún más aturdidos, cuando al preguntarle que a dónde se debía dirigir el destartalado vagón de la funeraria, de este lado, que sustituía al flamante vagón que los había traído desde el otro lado, esta contestó con una frialdad que los impresionó y acobardó a todos… Iremos a los palacios del sur… ¿A los palacios del sur…? Exclamaron todos, al unísono, cohibidos y temerosos… Sí, a los palacios del sur… Insistió ella… Lo llevaré en mis brazos, si hace falta…

[1] Antes de leer el relato, conviene saber que Sebta es el nombre árabe de Ceuta y que el tamelhaft y el amendil son prendas de las mujeres bereberes.

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