Secuelas de una larguísima nota de rechazo: Recogiendo la basura

Por Cristián Brito Villalobos

 

“En una ocasión cuando le preguntaron si pensaba trasladarse a las afueras de la ciudad, Bukowski exclamó: ¡No, por Dios! Me gusta la anarquía de la ciudad, la mugre, el aire contaminado, la peligrosidad de las calles. “A mí dadme el estruendo de las bocinas de los coches y las aceras sucias”, se revela en el texto de Neeli Cherkovski, en su espléndida biografía Hank La vida de Charles Bukowski.

Y es que el viejo indecente siempre tuvo fama de indomable -aunque en algunos de sus poemas como El Pájaro verde” donde deja abandona su estampa de hombre rudo, que siempre lo caracterizó.

Henry Chinaski -su alter ego- siempre buscó la belleza en el espanto, en el horror, en la miseria y en la decadencia para luego retratarla. Su arma fue siempre sólo su máquina de escribir.

Bukowski fue un muchacho maltratado por su padre e ignorado por su madre. Sufrió además de un horrible acné que le produjo llagas y dejaron eternas huellas en su rostro, como lo cuenta en Hijo de Satanás.

 

 

Hank desarrolló infinidad de trabajos –algunos novelados, como Cartero– e inclusive estudió un par de años periodismo, por ser, a su juicio, la carrera más fácil. Sin embargo, nada apagó su gran anhelo de ser escritor. Pero el camino no le fue fácil, y eso queda reflejado en Secuelas de una larguísima nota de rechazo (Nórdica, 2008), escrito originalmente en 1944.

El volumen esconde una especial y casi desconocida anécdota. Años después, un joven de Nueva Orleáns de 24 años escribiría una novela hoy considerada de culto y que también fue rechazada por varias editoriales. El escritor se llamaba John Kennedy Toole y su novela La conjura de los necios. La literatura significaba la vida para Toole y al sentirse un escritor frustrado se suicidó en 1969, cuando recién tenía treinta y dos años. Luego su madre siguió intentando durante una década que se publicara su obra póstumamente, lo que finalmente logró en 1980. Bukowski conoció a Toole a través de sus textos, leyó su novela y además se enteró de su desdichado destino. Se trata de la historia de la vida del joven novelista, que se había matado por no conseguir la gloria que, paradójicamente, once años después de suicidarse, todo el mundo le otorgaría.

Esto llevó Bukowski a la convicción de que nunca llegaría a nada. Cosa que el tiempo se encargó de revertir.

Bukowski, a pesar de haber sido lector empedernido de John Fante, Hemingway, Céline, y los clásicos rusos, usualmente fue asociado con la Generación Beat, por su estilo informal, revolucionario, y su actitud literaria inconformista. Sin embargo, él nunca se identificó con ese movimiento. Su prosa se vinculada con lo urbano, especialmente a Los Ángeles, ciudad donde vivió y escribió más de cincuenta libros antes de su muerte.

Secuelas de una larguísima nota de rechazo, fue el primer relato que, con tan sólo 24 años, intentó publicar. Inicialmente fue impreso en Story Magazine, y en su trama se mantiene el tinte autobiográfico que desarrolló a lo largo de su obra. Pero al poco tiempo se desilusionó con el proceso de publicación, lo que derivó en que optara por dejar de escribir durante una década. El relato cuenta los sentimientos que rodean a un escritor que ve desilusionadamente cómo las revistas y editoriales rechazan sus textos.

El ahora libro llevó como título original Aftermath of a Lengthy Rejection Slip. Para muchos Bukowski es un escritor que no seduce por su real calidad, sino por su fuerza y vitalidad o su sangre caliente a la hora de meterse en la mugre. Quizá por lo mismo la academia no ha reparado en su obra. La prosa de Bukowski siempre evidencia su sentir sobe la injusticia, donde la sangre, el barro, el abuso de alcohol y las prostitutas, conforman el sucio escenario de fondo.

 

 

Secuela de una… cuenta, además, con otra particularidad; es el primer texto de Bukowski que ha sido ilustrado –por Thomas M. Müller- lo que lo hace aún más llamativo pues, como sabemos, Bukowski es un autor de atmósferas y detalles. Ambientes usuales que resulta un placer ver dibujados como tabernas, moteles de sábanas manchadas, mujeres maltrechas y botellas vacías. Elementos narrativos que superan la imaginación y que merecen ser trazados.

En un pasaje del texto Bukowski se narra cómo el personaje Charles Bukowski se sienta a la mesa y observa concentradamente las flores impresas en el mantel. Da la impresión de que está a un paso de descubrir algo, de aprender una lección relacionada con “los escrúpulos de los editores”. Entonces el Charles Bukowski narrado comienza a rascar el mantel con su uña, como escarbando en busca de una respuesta.

En la historia lo que más destaca es la capacidad de Bukowski para aferrarse y concebir las minucias como algo esencial. Es sabido que en el detalle es donde gran parte de la literatura encuentra su refugio. Figuras y objetos conocidos que ya han alcanzado el sitial de un lugar común, como el cenicero rebosante, la luz ambiental, el color del cielo, etc.

Las mujeres fueron uno de sus mayores fetiches y una de sus principales fuentes de inspiración. De hecho en la trama es una amante quien intenta convencer al editor de una revista literaria, mediante favores carnales, que lo publique, mientras él espera rascando el mantel de la cocina.

Al observar las ilustraciones de esta edición hay varias muy singulares y significantes, como aquella que muestra una vieja máquina de escribir descansando entre cigarros y vasos vacíos, o un hombre observando con éxtasis un sobre de correo en el que baila una pequeña mujer a la que imagina desnuda. En otra se exhibe a otra mujer gorda paseándose en camisón, en una atmósfera cubierta de humo de cigarro.

Secuelas de una larguísima nota de rechazo no ocupa el sitial de los grandes textos de Bukowski, como Cartero, Mujeres, Escritos de un viejo indecente o Factotum, pero sí deja en claro que hasta las leyendas han tropezado.

 

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Cristián Brito Villalobos, Antofagasta, Chile, 1977. Es periodista de la Universidad Católica del

Norte y Magíster en Letras Mención Literatura de la Pontificia Universidad Católica  de Chile. Ha

publicado los poemarios Palos de ciego (Ed. Escritores.cl, 2010); Papeles en los bolsillos (Mago Editores,

2012); Mala poesía (Ed. Cuarto propio, 2015); El estado de las cosas (Ed. Cuarto propio, 2018) y Sala de

espera (Lord Byron Ediciones, Madrid, 2019). Poemas de su autoría han sido incluidos en diversas

antologías de España, Perú y Chile. Actualmente reseña libros para el periódico La Estrella de Valparaíso

y para la revista digital Cine y Literatura.

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