TETÉ Y LA FLOR DE LA CANELA – ANDRÉS CANEDO

 

Alguien tuvo la maravillosa ocurrencia de poner en Facebook La Flor de la Canela, y yo el atrevimiento de volver a escucharla y desencadenar así el río de la memoria. Amo esa canción, como amo también Amarraditos, ese otro maravilloso tema musical peruano, porque ambos tienen que ver con dos amores importantes, aunque muy diferentes, en mi vida. Y así vienen los recuerdos… La cosa es que mi prima María y Teté, llegaron a La Paz esa mañana, desde Lima. Era casi el mediodía cuando las vi y el sol y el cielo límpido de aquella ciudad, me permitieron la epifanía absoluta: Teté era de piel canela, y era airosa, y era extraordinariamente bella. Había tenido otra mujer limeña, había estado en Lima varias veces, había conocido el puente y la alameda, pero nunca había encontrado una encarnación perfecta de la protagonista de la canción; sin embargo, allí estaba frente a mí. “Me llamo Teresa, me dijo, pero puedes decirme Teté”. Ambas, o sea mi prima y ella, se habían alojado en la casa de una tía de Teté, y ahí estábamos, en la vereda, ella incendiándome desde su mirada casi insolente, devoradora. Yo, mirándola también con descaro, viendo sus ojos de fuego, el movimiento sugerente de sus bellos labios al hablar, su cintura estrecha, la longitud y la armonía insólitas de sus piernas enfundadas en un jean. “Te recojo después de almuerzo, para hacerte conocer la ciudad”, le dije, aunque estaba consciente de la perentoriedad que podría ser absurda, que podría ser malinterpretada (o bien interpretada), porque podría haberle dicho, te recojo esta tarde o esta noche, pero no, un par de horas después, sin dejarle oportunidad al descanso luego del viaje. También estaba consciente de la descortesía con mi prima, excluyéndola del ofrecido paseo, pero mi pariente, era una tipa a todo dar, y me hizo un gesto de aprobación y de estímulo. “Te estaré esperando, ya te estoy esperando”, me respondió Teté con una entonación de voz cargada de erotismo que no pretendía el disimulo, mientras me lanzaba mensajes unívocos con su mirada que no esquivaba mis ojos, que me recorría con deleite cada parte del cuerpo, sin otra interpretación posible que no fuera la de que esa tarde nos íbamos a devorar.

 

La recogí a las dos y media. Yo seguía incendiado, como lo había estado desde el primer momento en que la vi, creyendo firmemente en el dicho de que “había química”, y sobre todo seguro, por todas las señales que ella me había entregado. Subió al auto, me dio un beso en la mejilla, que súbitamente cambió de dirección hacia los labios y, en ese momento, me entregó su saliva y su lengua, y empezó a nutrirme. Durante el breve trayecto no hablamos nada, pero nos comunicábamos desde la vibración alocada de nuestras pieles próximas. Tampoco paseamos ni le hice conocer la ciudad. Fuimos directo al motel más cercano. Ella no manifestó ni asombro ni reticencia, sólo soltó una risita cantarina mientras descendíamos del vehículo. Entramos a la habitación, nos quitamos la ropa a los zarpazos, y cuando estuvo desnuda, en todo su esplendor, dejó salir sus primeras palabras de la tarde: “Aquí estoy, para que me conozcas”. Yo seguí mudo, porque no había lugar para las palabras en esa tarea de conocer, todavía con los ojos, esa maravilla, esa revelación alucinante, ese esplender de su cuerpo que se robaba todas las luces. Después vino el conocimiento de sus abismos y protuberancias, de la tersura infinita de su piel color canela, de sus claridades y penumbras, de su don de serpentear ante las caricias y agresiones de mi cuerpo, de sus gemidos melódicos para expresar el placer. No obstante, al iniciarlo todo hubo un hecho que me sorprendió. Era como si ella tuviera un candado entre las piernas, una barrera que impedía penetrarla. “No te preocupes, me dijo, ya se abrirá. Es que tengo una especie de trauma. Me casé siendo muy jovencita, y mi exmarido, de alguna manera me violó la primera vez. Y me quedó eso, pero se pasa enseguida”. Y claro, las compuertas del placer se abrieron al cabo de pocos intentos y fue el precipitarse, primero, en una avidez asombrosa, sin dar tiempo a nuestros cuerpos a acomodarse; luego, ya fue una disposición más serena, y finalmente, un encajarse con sabiduría prematura, pero plena, como si viniéramos de una larga práctica de la pasión unificada.

 

En la primera de las pausas, intercambiamos algunas palabras y ella me dijo, “yo sé algunas cosas de ti, de lo que haces en la vida, porque me lo contó tu prima, y porque desde sus palabras, aunque ninguna se refirió a tu cuerpo, a tu aspecto físico, ya venía imaginándote y, aunque a mí misma me pareció absurdo, excitándome secretamente. Tengo 23 años y he vivido mucho, pero nunca me ocurrió algo así”. Yo, sólo pude confesarle, que para mí ella también era una experiencia inédita, como lo es toda revelación. En el segundo intervalo, yo osé revelarle una verdad que tal vez podría lastimarla, cuando le dije: “No era ignorante sobre la existencia del placer puro del sexo, sin intentar siquiera alcanzar el alma, la tuya en este caso, pero esta vez se dio así y no me arrepiento ni me avergüenzo”. A lo que ella respondió: “Yo lo intenté varias veces desde mi divorcio, porque no quería nada que involucrara sentimientos, pero sólo fueron intentos sin llegar a la costa, en los que me quedaba navegando en medio del mar, aunque cerca de la playa, sin poder nunca culminar de verdad el propósito de la navegación, como ahora lo he hecho”. Al vestirnos, luego del tercer viaje a través de nuestros cuerpos agotados, pero todavía insatisfechos, ella me dijo estas palabras: “No vayas a creer que soy una puta porque me acosté contigo a los pocos minutos de conocerte. Nunca hago eso. Lo que pasa es que en cuanto te vi, se desataron en mí todos los mecanismos del deseo y no hubo forma de que pudiera refrenarlos, ni siquiera para disimular. En cuanto llegaste a recogerme de casa, sabía, porque también lo vi en tu mirada, que no había nada que decir, ninguna ciudad que visitar, ningún dato que intercambiar, sino que únicamente quedaba el saciar esta sed repentina e intensa”. Yo le contesté que nunca pensé que fuera una puta sino un don de la vida, un fruto jugoso que se me ofrecía para calmar mi hambre y que el proceso en mí había sido similar al de ella.

 

A las siete de la tarde las busqué a las dos y las llevé a un ensayo de teatro. Estábamos preparando la obra Antígona, y ya mi alma inclinada a los sueños, quiso mostrarle a Teté, lo mejor de lo que era yo, tal vez porque secretamente quería que ella pudiera amarme y no sólo entregarme su cuerpo en el que se desencadenaban todas las locuras. Ellas, ella, estuvieron atentas durante los trabajos del teatro, y al terminar, la mano de Teté tomó la mía y entrecruzamos los dedos en aquel gesto primordial de cariño. Después, la pensé largamente durante la noche, me regocijé en las imágenes y las sensaciones revividas de su cuerpo. Al día siguiente, a las diez de la mañana, la fui a buscar y la llevé nuevamente a un motel, donde se repitieron las exaltaciones mientras explorábamos nuevos cauces, diferentes arrebatos y que sólo tenían, al menos aparentemente, el único objetivo de nuestros cuerpos. Cabe decir, que al principio se repitió también aquello del muro momentáneo resguardando el acceso a su fuente generadora de todos los placeres.

 

Fueron 20 días arrebatadores, en los que al menos la mitad de ellos, vivimos en ese caos armónico de cópulas desesperadas e incesantes, y en los que ese era el único sentido de las cosas. Así, sin ninguna esperanza, me sentía, a la vez, dolorosa y gozosamente libre. Sin embargo, cada momento de aquella anarquía era la gloria, porque así estábamos empeñados en verlo y esa era, sin duda, la verdad radiante de esos momentos. Es que toda aquella confusión de cuerpos, toda esa precipitación, tenía un orden maravilloso en sí mismo y, de alguna manera, nos colmaba de un sol pálido que entonces era suficiente. Nuestras carnes engarzadas y en permanente combustión, eran una unidad, aunque nuestras almas estuvieran distantes, una de la otra, como el cielo y el mar. Es que en medio del día o de la noche infinitos, en medio del caos sincrónico de nuestros cuerpos, estábamos generando una luz imperecedera. Sabíamos que, aunque no todo, por ejemplo el amor, fuera posible, al hacerlo tal como lo hacíamos, estábamos viviendo la vida y no negándola. Quizá, por medio de esos acoplamientos, de ese arrebato de nuestra carne insaciable, ambos estábamos clandestinamente entregados, no sé si ciega o luminosamente, a la búsqueda de nuestros propios Yo. No hay que olvidar, no obstante, que en todo intercambio de cuerpos, uno siempre deja, al menos, retazos de su alma. Que el cuerpo absolutamente libre de la misma, no es posible. Pero al promediar el tiempo de nuestro encuentro, sentí algo que me decía y que yo compartía secretamente desde días antes, que ella también quería mi alma, y yo fui cediéndosela poco a poco a poco, hasta que al final fui suyo. Así, decidí saltar al abismo, donde procuré, oscuramente, encontrar su alma y apenas me aferré a unos atisbos de su luminiscencia. Es que ella, tal vez sin proponérselo, me brindaba una nueva forma de verla y entonces la amé en soledad, quizá porque intentaba liberarme de tanta carga que pesaba en mí desde hacía mucho tiempo. Yo, como siempre lo había hecho, buscaba en ella lo absoluto, aun sabiendo que tal vez nunca lo lograría, porque ella también traía las heridas que le habían mutilado el espíritu. Pero, de todas maneras, decidí entregarle mi vida, aunque nunca se lo dije, aunque sólo lo expresé en los impulsos de mi cuerpo sobre el suyo, aunque sólo recibía como respuesta los ecos de sus gritos de placer, y en los que yo no sabía distinguir cuánta parte había de amor verdadero. Fui, y creo que ella también lo fue, que fuimos cobardes. Debo agregar que, hacia el final de nuestro tiempo juntos, la barrera cruel que obliteraba el acceso al núcleo de su cuerpo, desapareció. Y yo, tonto como soy, perdido en ese mar de arrebatos, no le supe dar el valor que posiblemente tenía.

 

Al partir de vuelta a Lima, ya en el aeropuerto me dijo: “No me escribas, no me llames, pero si estás seguro ve a buscarme”. No lo hice, y al cabo de algunos meses, yo que seguía buscando dónde hacer pie, encontré otra mujer que pareció ser el asidero que buscaba, a la que también conocí y amé durante pocos días, pero que me dejó abierto el futuro. Y hubo un futuro que terminaría de mala manera. Antes de ello, yo tuve que viajar por un tiempo a Alemania y el avión hizo escala de una hora o algo más en Lima. Con el escozor de la duda la llamé y ella me dijo: “¡Voy hacia allí! Espérame, amor, no dejes que se vaya el avión”. Por supuesto que el avión no pudo esperar los tiempos que ella debía recorrer desde su casa hasta al aeropuerto, y entonces partí sin verla, sin tener el coraje de darle esa oportunidad a la vida. Muchas veces me he preguntado durante todos estos años, qué hubiera pasado si Teté llegaba a tiempo, si eso no habría torcido la línea de mi vida, pero claro, todos sabemos que esas especulaciones son absurdas. Volví algunas veces a Lima por asuntos de trabajo, y en la primera de ellas, llamé a su casa y una señora, supongo que era su madre, me contestó: “Teté ya no vive aquí, además está de viaje con su marido”.

Así fue. Me acordé de ella al escuchar La flor de la canela. Ahora, cuarenta y más años después de aquellos sucesos, en este momento la escribo y la describo mientras escucho la octava sinfonía de Bruckner. Y aquí, hoy, desde tan lejos en el tiempo y la distancia, estoy intentando convertirla en letras.

 

 

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ANDRÉS CANEDO

Es autor de numerosos cuentos y relatos publicados en diversos periódicos y revistas literarias nacionales e internacionales. Ha publicado también poemas y tiene una publicación semanal en su muro de Facebook y en su página Andrés Canedo de Ávila. Es autor de las novelas Pasaje a la Nostalgia (Editorial Kipus, Bolivia) y Territorio de Signos (Editorial 3600, Bolivia).

Andrés Canedo, nació en Cochabamba y vive en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

Correo electrónico: andrescanedo25@hotmail.com

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