VISITA AL REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE SEVILLA – CALÚ CRUZ

Visita al Real Maestranza de Caballería de Sevilla

 

“Un edificio tiene dos vidas. La que imagina su creador

y la vida que tiene. Y no siempre son iguales”

Rem Koolhaas

 

Aún no entiende su contorno… Antes era ne­gro como una noche sin luna y robusto como el árbol que sostiene vida en su copa. Sabe que se encontraba exhibiendo su cornamenta por toda la arena como alguna vez lo hiciera Asterión en su la­berinto. Sus testículos se columpiaban impetuosamen­te desplegando olores de macho y su pinga iba meando el suelo con la fuerza de un torrente. Sí, él era el dueño de, por lo menos, hasta donde llegaban los tablones del redondel; pero ahora no… ahora sí que no…

Poco antes de aquel chispazo intencionado miles de ojos se le clavaron a él con la lascivia de Pasífae. El silencio había hecho de las suyas hasta que reapareció, ante él, José Gómez Ortega, conocido como Gallito, y aquella pasividad fue desterrada por cientos de aplausos.

El tipo hizo un leve ademán con la mano izquier­da para agradecer a los presentes, lo hizo así porque en la otra sostenía su tela y daguilla. El toro, por su parte, titubeó la envestida, pero luego de levantar arena con su pata derecha por fin se abalanzó contra el hombre.

Y cuando el toro casi llegaba ante su contrincante, logró observar la daguilla en la mano del torero y su estado anímico cambió por completo. Se detuvo y lo vio de frente… o vaya a saber uno si se vio, de pronto, a sí mismo. Bramó fuertemente ante él, bramó como solo Dios sabe que se brama ante el desespero; luego, irguió su cabeza y continuó dejándose llevar por la polvareda.

Pero fue en la vuelta del capote cuando todo giró súbitamente como si se alinearan las estrellas con la suerte del ¡Olé! Pasó una de esas cosas que nadie se ex­plica ni se explicará y, lo peor del caso, es que nadie po­dría dar fe de ello y solo uno de entre la tribuna lo sabe todo: yo.

El torero se halló, a sí mismo, vestido de firmamen­to y con costuras entrelazadas de seda. Justo ahí se des­cubrió ridículo y perpetuamente débil, mientras, el pú­blico seguía esperando el despliegue de alguna de sus genialidades, es decir, que empuñara su daga con hidalguía —bien vale la pena re­cordar que, en España, ser torero es casi como ser el corredentor de la humanidad—, luego, se detuvo y cerró sus puños contra el estaquillador tratando de quebrar la vergüenza de sus antecesores. El torero pestañeaba buscándo­se a sí mismo, pero no, era evidente que tampoco se sentía como él. Y yo puedo asegurar que aún no entiende su contorno.

Recuerdo que el toro se echó hacia atrás… y es que, antes, este tampoco era toro. Sé que gustaba erguirse orondamente con el ¡Olé! de la gradería. Llevaba su mortera como la mis­ma corona española; la muleta y su puntilla como la estaca con que Odiseo cegó a Polifemo; es más, vislumbrábase su mis­ma arrogancia. Sin embargo, ahora mismo tenía miedo, sí, y mucho miedo.

Durante la mañana uno de los dos había decidido ser “El matador” pero, ante el comportamiento estático de ambos sobre la arena, un abucheo recorrió todos los asientos del Real Maestranza.

El torero miró a la bestia. Aún con posibilidad del desquite no lo haría, solo se fue caminando como un completo extraño, iba cabizbajo y perdiéndose ante la inmensidad del todo, exacto, se alejó con su puntilla y como un barco entre el horizonte. Salió a través de la puerta de un costa­do del redondel sin importarle que quedaría en deuda para siempre con “su” público.

Al toro, por otra parte, le bajaron cántaros de los ojos. Eran chorretones salados. Entonces se echó, nuevamente, en la arena y sin ánimo ya de levan­tarse. También recuerdo que, entre varios jinetes, tuvie­ron que salir y llevárselo a rastras. Todo porque en una vuelta del capote hubo algo indecible, sí, algo digamos que mági­co.

 

* * *

—¿Qué hace, señor Houdini?, pocas veces lo he visto tan concentrado y escribiendo.

—Pocas veces lo hago, de hecho, solo las necesarias.

—Bueno, pero debe apresurarse porque lo esperan para el espectáculo de esta noche. Su magia es tan bue­na que a veces creo que tiene un pacto con el diablo.

—¿O con Dios? Ja ja, ja. En fin, solo termino algunos apuntes…

* * *

 

Recuerdo que un tipo se volteó hacia mí, estaba his­térico y halándose su poca cabellera. Me interpeló gri­tando: —¿Por qué parece complacido en un acto tan desastroso! Este espectáculo es lo peor que he visto en mi vida, una vergüenza para la tauromaquia. ¡No hay nada que ver! —Yo le di una palmada en el hombro y le dije: —Se equivoca, mi amigo, este es el mejor espectáculo que nadie nunca verá —luego me di vuelta y llegué hasta los encierros para poder con­versar a solas con el toro.

 

 

 

 

________________________________________________________________________________

Del libro “La corrosión de los entes”, Editorial Edinexo, 2016.

 

 

Óscar Leonardo Cruz Alvarado es más conocido como Calú Cruz. Nació en Alajuela en el año 1987, Costa

Rica. Es narrador, poeta, docente, gestor cultural, Presidente y Coordinador del Colectivo Cultural Birlocha y de la Birlocha Literaria, ambos de Orotina.

Además, es Coordinador por la provincia de Alajuela para la Unión Hispanomundial de Escritores y, actualmente, ha sido designado como Director Ejecutivo, Embajador Cultural Itinerante y Embajador Emérito Colegiado por la Confederación Latinoamericana de Escritores, Artistas y Poetas del Mundo (CONLEAM), con sede en Argentina.

Calú es el organizador del Certamen Literario Luis Ferrero Acosta y ha escrito tres libros de cuentos: Cuentos de mamá muerte, (2012), La corrosión de los Entes, (2016) y El eco de los durmientes (2018). Ha participado en las antologías “Vía 28” y “Nueva poesía costarricense”. Sus obras han estado a la venta en estanterías estadounidenses, nicaragüenses, uruguayas y en las librerías más relevantes de Costa Rica.

 

 

Comentarios

Suscribir
Notificar de
guest
1 Comment
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
Calú Cruz
Calú Cruz
3 meses hace

Gracias por difundir parte de lo que escribo. Un fuerte abrazo.

Casa Bukowski