ALICIA SALINAS ÁLVAREZ «LA POESÍA ENSEÑA A VIVIR»

Alicia Salinas Álvarez nace en Lautaro, Región de La Araucanía, en 1954, Alicia Salinas Álvarez realizó estudios superiores en Francia y en la entonces Unión Soviética, donde obtuvo el título de Profesora y Traductora de Lengua y Literatura Rusa y el grado de Magíster en Ciencia Filológica. Su experiencia de exilio y formación internacional influyó decisivamente en la configuración de una obra marcada por la reflexión sobre el desarraigo, la pertenencia cultural y la construcción de la identidad.
Desde la publicación de sus primeros libros, su poesía ha abordado con particular sensibilidad las experiencias de la pérdida, la memoria y la búsqueda de sentido, configurando una voz lírica de notable coherencia temática y estilística. Títulos publicados: De amor, exilio y retorno, Amando, Mujeres de otras calles, Entre el cielo y el fuego, A orilla de camino, De arriba cielo y otros textos, Única salida, Última Esperanza y El lugar de las cosas, evidencian una escritura que combina intensidad emocional, precisión verbal y una mirada crítica sobre la realidad social y cultural de su tiempo.
La relevancia de su obra ha sido reconocida por importantes distinciones nacionales. En 1994 recibió el Premio Pablo Neruda de Poesía, uno de los reconocimientos más prestigiosos de la poesía chilena, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en obtener este galardón. Asimismo, ha sido distinguida con el Premio César Vallejo, el Premio Juvencio Valle, y Fondo del libro y la lectura, entre otros reconocimientos otorgados por instituciones culturales y organismos vinculados al fomento de la creación literaria.
Otro ruego
¿Qué hace un niño en la calle?
Transita con la procesión bajo la piel.
No va a la escuela.
No se sienta con sus queridos alrededor de una mesa.
Ni conversa descaradamente lo que se le venga en ganas.
Un niño de la calle no tiene mesa.
Ni escuela ni casa.
La vida se le escapa a prisa.
Él vende, compra, roba, respira y aspira lo que sea en la calle.
Para él nunca hay nada.
Ni una pocilga
ni un trapo harapiento con que cubrir
su escuálido tránsito.
Bajo el mismo cielo
Llegará el día en que los edificios
volverán a ser árboles y por sus rotundas formas,
escapará el trino de un pájaro que se salvó de la caza.
Y todo bajo el mismo pedazo de cielo.
Llegará el día,
en que los dolores
serán simples ramos de flores efímeras,
como el primer día de domingo,
en el sur con lluvia y todo.
Todo será primero,
el primer beso,
la primera intención,
la mínima lágrima.
El faro iluminará cada orilla,
cada ola en punta de pie,
irá y vendrá
envuelta en plácida espuma.
Nadie sufrirá por haber nacido
en mapuche tierra,
porque los rostros serán como el tuyo
y el mío.
Y un pequeño de ojos colmados
será testigo
de todo aquello hijo
La nómina
Si supieras que estoy en el ir y venir.
Que aparezco en la nómina.
Si supieras.
La poesía no enseña a morir.
Se puede pedir en un verso que ilumine los girones
las hilachas que se arrastran.
Soy
soy la hija de mi madre
que atraviesa las calles
con un agujero
en el centro del pecho.
La poesía enseña a vivir.
Después de muerta es la ausencia
la que recorre los pasillos de la casa
y alborota cada uno de los versos que se escriben.
Al costado del verso
La poesía que escribo
lleva una cinta negra
al costado de cada verso.
La poesía que imagino.
Recorre el sendero de los asesinados para escucharlos en el
susurro del viento.
En el itinerario de las hojas cuando al caer en otoño
rozan apenas la tierra.
Es tiempo de versar con la verdad.
Y la verdad es que acá dónde vivimos.
Hay hombres que lanzaron cuerpos de otros hombres al mar.
Hay mujeres que ultrajaron a muchachas.
La poesía que escribo.
El poema que trazo
se escribe en una lágrima.
Y lleva una línea roja que es sangre
al costado de cada uno de los versos.
