ISMAEL GAVILÁN «LA LLUVIA TAMBIÉN ABRE EL VIENTRE DE LAS PIEDRAS»

Ismael Gavilán (Valparaíso, 1973) poeta y ensayista chileno. Su poesía se encuentra recopilada en Mundo Visible. Poesía reunida 1995-2020 (2021). Asimismo parte de su obra poética ha sido recogida en las antologías El estanque desnudo. Antología personal 1995-2020 (2020) e Inscripciones. Breve antología 1995-2025 (2026) Como ensayista y crítico literario ha publicado Digas la palabra que digas. Ensayos (2015). Inscripción de la deriva. Ensayos sobre poesía chilena contemporánea (2016) y Expediente de lectura (2019), Necesidad de la promesa (2023) y Cuadernos. Fragmentos y apuntes (2025) Ha colaborado con poemas, ensayos, artículos y reseñas en diversas revistas nacionales y extranjeras (Everba ; Pensar y Poetizar, Inti, El navegante, Mapocho, Acta Literaria; Anales de Literatura Chilena, Cuadernos Hispanoamericanos Journal Trasatlántica). Es parte del equipo editor del sitio web 49escalones (www.49escalones.wordpress.com) y editor asociado de Ediciones Altazor de Viña del Mar. Ha sido becario de la Fundación Pablo Neruda (1997) y del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2001). En 2011 fue finalista del VI Concurso Internacional de Ensayo en Humanidades del Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales. Se desempeña como docente en la Universidad de los Andes en Santiago de Chile.
Selección de poemas (inéditos)
One of These Days
One of these days, i’m going to cut you into little pieces
Pink Floyd
*
A la distancia
la lluvia
debe estar abriendo piedras
como aquellas formas mudas que no pueden decirnos.
Nuestros pies, heridos,
no preguntan por la desnudez del dolor:
sólo palpan la conversación de las ráfagas
que viene desde senderos devorados por la maleza.
En esas largas caminatas se descifra el día
mientras escribir el desencuentro
es volver a encontrar los frutos podridos del verano.
Pero el verano siempre fue ilusión,
la sagrada voz del sol.
Eso ha dejado de existir y ahora, en agosto,
la luz no perdura
para interpretar la rendición del silencio
como factura impaga de lo que llamábamos inocencia.
Sí.
En agosto la luz no perdura lo suficiente
y como ocurre año tras año
entre mensajes, planes familiares
y el tráfico infernal muy propio de la temporada
las fachadas de los edificios se requebrajan
con la sal que viene en el sigiloso eco de nuestra piel.
De algún modo
escribir una pequeña historia
significa no escribir nada: ferocidad de la bruma
y maniobras alucinantes de los pájaros
días sin decirse a sí mismos
como el rictus dislocado de un agonizante.
Encontrar el viejo talismán enterrado durante la infancia
habría sido arrojar algo de luz desde la palidez de la vigilia.
Acá,
la lluvia también abre el vientre de las piedras:
la vibración del aire se hace reflejo
y las cosas se vuelven ajenas con rapidez,
desvaneciendo cualquier asombro o afecto:
sobre una tela algo rústica la humedad matutina
destraba el lenguaje que el café mañanero
podría decir acerca de nuestro singular arte de perder.
Uno de estos días
esa es la frase que se repite
en la marchita hebra del tiempo;
hábito o costumbre que circula
luego del movimiento hueco de los labios;
un oleaje donde pueden adivinarse palabras
que ayudarían a dirimir
si esto es la resaca de un dios
o simplemente la banal reiteración de situaciones
señaladas desde mucho antes
como muecas voceadas sin derecho a réplica.
Acá,
la lluvia también abre el vientre de las piedras.
Tal vez por eso todo desemboca en el valor dado
a ese aire indistinto que puede endulzarnos o destruirnos;
el azar donde las aguas disuelven su rostro
como cuando el nuestro cerró sus ojos
en la frontera de las estaciones.
Escribir una pequeña historia significa no escribir nada.
O tal vez articular una memoria selectiva
cargada de su propia opacidad
para postergar nuestra desaparición:
el cuchillo atraviesa la distancia, destrozándonos,
advirtiendo cómo los senderos
vienen devorados por la maleza.
Acá,
la lluvia también abre el vientre de las piedras.
Y no hay mucho que podamos decir al respecto.
Otro poema
Un pensamiento recurrente
pero sin reconocerlo como tal,
esquirlas como miradas de un actor
que olvida sus líneas o el garabateo
sobre una tabla de arcilla capaz de desconcertar
las mejores previsiones de Evans o Schliemann,
gestos eruditos que solo operan como posibilidad
pero sin la experiencia que una y otra vez se difumina.
Un apretón de manos,
una buena conversación sin propósito,
el deslumbramiento ante inscripciones de un muro,
esbozos que no dejan de ser más que esbozos,
un puñado de historias sin ánimo de describir todo esto.
A veces solo un tejido un tanto hipnótico
en una superficie que muda de piel como una serpiente;
técnica y enigma, la perspectiva para la misma obsesión
o el filtro con que la luz rara vez se reconoce a sí misma.
Quizás pasar por el dolor y no reconocerlo como dolor,
la vieja ansiedad y el convencimiento de arribar
a algo parecido al silencio mientras cada palabra
es el reverso de un nuevo tipo de vacío
sucediendo y sucediendo como la monotonía de las estaciones.
Un pensamiento recurrente
es en verdad un bodevil de feria
cuando la promesa era ese algodón de azúcar
o un llavero ganado en la pesca milagrosa;
variaciones o irrupciones con lo que poco
puede hacerse; quizás discurrir, deshenebrar hilos
de un tesoro escondido o llevar a otro lugar fuera del espacio,
unas cuantas gotas de agua sacadas a toda prisa
de aquella noria seca desde hace tanto.
El oleaje crea su propio borde:
la recurrencia enferma de volver
una y otra vez sobre lo mismo, un arabesco algo desteñido
que aparece a pleno sol mientras esos camiones van presurosos
y cada ladrillo es parte del horno donde jugábamos.
Un pensamiento recurrente.
Esquirlas tal vez.
Palabras quizás, lo que fue dicho.
La pérdida del verano.
Aquella tarde
Al final de la calle me quedo en silencio
esperando bajo los árboles temblorosos
Rubén Jacob
*
El infalible rigor de la sequía.
La disolución de las cosas.
Esa fatiga que nunca habíamos previsto.
En apariencia todo sigue como antes;
el cuidador de autos busca agua en el grifo,
las muros vuelven a ser pintarrajeados,
las canaletas se llenan de hojas durante marzo y abril.
El atardecer siempre llega puntual
con colores solitarios e inunda ventanas
donde los visillos dejaban adivinar un juego
o conversaciones de las que siempre se sabía poco.
El tiempo se angosta pero todo sigue como antes.
Sólo los muebles están llenos de polvo
y voces que llamaban al almuerzo han dejado de existir.
La mesa está dispuesta con los cubiertos de siempre.
La brisa fría de no sé dónde se dispersa
en estrechas ráfagas que nadie ha llamado.
La casa sigue siendo la de tantos años.
Yo voy a ese rincón bajo el ventanal para ver
si encuentro las revistas que tanto me gustaban
o atisbo desde la puerta de la cocina si el parrón
está floreciendo como era su costumbre.
Las cosas son mudas y no me dicen nada:
el lenguaje que conocía al revés y al derecho
no lo puedo hablar. Ya no lo sé hablar.
Afuera, en la pandereta al costado del rosal,
las abejas danzan con persistencia envidiable.
Las grandes sábanas tendidas
son enormes hojas de un cuaderno de croquis
ondulando con la fuerza del viento
mientras las ramas del limonero se inclinan quebradizas.
Todo está como antes;
la casa sigue siendo la de tantos años.
Mi mirada se pierde entre los pasillos
donde repito tu nombre para ver si contestas.
El segundo piso está vacío como siempre,
en la pared los rayones todavía se mantienen
las ventanas que dan al norte aún poseen esa cinta
para evitar que el vidrio se siga trizando.
El entretecho ya no está habitado por palomas
y el picaporte de la pieza grande sigue roto después de años.
Repito tu nombre para ver si contestas.
Afuera de la casa, el tiempo es otro:
la lluvia es inminente y el aire crea remolinos
que dispersan a las hojas que limpiamos del antejardín.
No sé cuándo llegarás.
He pasado horas esperándote para pedirte un chocolate
y sentir tus manos anundando la soga del columpio.
El tiempo es otro y no sé cuándo llegarás.
Me dicen que saldrás de noche del trabajo,
que estás en el último turno, que estás en Viña
visitando a los abuelos, me dicen que ya vienes en camino.
Yo solo sé que la tarde es más lenta sin ti
donde cada juguete solo es un pedazo de madera
que sin tus manos no posee la magia que me hacía feliz.
Digo una vez más tu nombre, queriendo saber si acaso
solo juegas a esconderte, mientras llevo en el pecho
aquel tiempo que dijimos sería sólo para nosotros.
Atardece.
Y todo está como antes;
la casa sigue siendo la de tantos años.
Desde el fondo del patio creo ver que vienes.
Pero no solo las cosas son mudas y no me dicen nada:
el lenguaje que conocía no lo puedo hablar.
Ya no lo sé hablar.
Y con tristeza me doy cuenta papá, que ya no sé decir tu nombre.
Octubre 2026
