CARLOS CALERO – KAVAFIS RECORRE UNA CIUDAD DE PAJA Y PIEDRAS

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Como llegó la poesía a mi vida

 

Camino hacia el pasado.

Un perro sin olfato reniega de la memoria.

Mis relojes anduvieron inadvertidos.

La luz escasa, una grieta, mis años.

Un cerco de reflejos y tablas.

Las ranuras me llevaban a tocar un mundo alargado,

una geometría de fragmentos y deseos,

propios de un mago enamorado por encubrir lo ordinario,

en la versión del engaño y las llaves de lo insólito.

No sé si algún día recordaré

cómo llegó la poesía a mi vida.

Un niño sagazmente curioso disfrutaba de los arroyos

deshilados en los sueños donde existían odios,

lloraban mujeres tristes y agredidas.

No conocía la metáfora en que abrían

su fosa de sal los muertos en los rincones.

El tiempo es una hoja seca

y las telarañas buscan la raíz de la soledad y sus orígenes.

Los cristos de abril abandonaban los templos

y caminaron calles empedradas.

La adolescencia me lanzó a las aguas.

El fondo de la laguna me habló

de muertes, rencores, rapiña,

abismos que rompían el ser y la utopía en los ojos.

(Lagartijas y palomas pataconas

sobre el silencio de las colinas.

Un zumbido de barrio insomne en los inviernos.)

Escuché canciones populares

sin haber leído romances heroicos ni sonetos de Shakespeare.

¿Quiénes serían Villón y Petrarca?

¿Cuándo se marchitaron los bulbos

en los dedos de una mujer y el cuento de Faulkner?

No leía a los poetas antiguos.

Ahora sé que la poesía estuvo ahí.

No la busqué.

Ella me encontraba sobre los árboles.

Yo respiré soledad

junto al tronco de los helequemes.

Dejaba mis rodillas en los pedregales.

En la casa no hubo libros.

Los platos eran lanzados por la pobreza

hasta la soga donde nos balanceábamos

como un petrificado eco de los hijos.

Mi madre nos puso frente a las ventanas

sin soltarnos de sus dedos.

Nunca supe lo que era un poema.

No me enteré de lo que fue pensar

en la vida y sus monstruos,

ni los laberintos de nuestro amanecer

y las páginas acuchilladas.

Nadie dijo lo que debía sufrir

por este mundo inducido a ser abismo,

una distopía que me obligaba a saltar sobre las grietas.

Nadie me explicó las muertes ni las ciudades heridas.

Nunca supe que las palabras caminan con los insectos,

entre hadas, ni que son equinos de madera,

infiernos sin escalones ni almas.

No me enteré de hombres y mujeres

en territorios arrodillados

por los expertos en fragmentarlos.

Algo pesado y oscuro no justificaba

el desamor a la par de la ternura.

No fui enseñado a derribar paredes.

La utopía era una familia de cordeles

que sujetaban los brazos de mis padres y abuelos.

Cuando dije aquí existe algo

escuché a los otros en los libros.

Ahora observo como un gato.

Camino con los destrozos de un fantasma.

Desayuno aguaceros.

Duermo con un planeta en mis labios.

Presiento a Prévert, Nazim, Raúl, Elliots, por decir algo.

Platico con mis dedos y un celular

mientras arden las barcas invasoras

y los dioses retornan a Troya.

Intento no sea el lenguaje

una masa de escombros y alambres.

Intento el silencio de las medusas

y separo el veneno de las aguas.

Soy sin ser lo que deseo

y mis dudas son entrañas y los fémures.

Me veo, como antes,

sin conocer la utilidad del lenguaje

ni hasta dónde llegará y para qué sirve
cuando la adulación excede la trampa de un espejo,

y la verdad afirma ser inocente,

mientras nos descabezan las palabras.

Defensiva

 

En las migraciones literarias

Kavafis recorre una ciudad de paja y piedras

que se lanzan contra sus dioses.

Tabernas, deidades descabezadas

por la desconfianza del sexo a escondidas.

Abandona su sol, por un momento,

o el muro ciego del Mediterráneo.

Kavafis deja una tripulación de desamores

en los barcos y rostros desconocidos,

a pesar de no moverse, desde su silencio.

Y la patria poética lo atormenta en las tabernas.

Recuerdos y el paisaje en huida

son la gloria que viene a menos,

durante una taza de leche o el vino,

o una cabellera de diosa oculta y sin ojos.

Alguien rompe tu puerta

y grita, por qué no conocés a Kavafis.

Debés responder: ¿El extranjero que salve su vida,

que renuncie a la nostalgia y a sus amantes?

No. Kavafis, reposado, habla con su memoria,

entre callejuelas secretas

y la taza de café agrio frente al exilio.

Un tabernero, oscuro y perverso,

limpia sus bigotes anchos

y masca con burlas su odio homófobo:

Una diosa dice que su boca ya no escupe

a este poeta, en nada, advenedizo y amoral,

y relata la gloria de un poema

durante el amanecer, en otro país sin recuerdos.

Y Kavafis, en las bolsas, guarda una onza de sal

para cuando no sufran las distancias sus ojos.

Estribaciones alrededor de una mosca

 

Salvarse de una mosca

consiste en volcar las cosas inadmisibles,

incrustadas y genéticamente desiertas.

Salvarse equivale a una media luna de lo heroico.

Oler es vivir para callar los naufragios.

Esto no siempre protege los barcos

con presagio de extraviados.

Ver para destejer el centro del tiempo

y los epitafios nevados

deja una astilla de madera en las costillas.

O intuir es para escapar

por la cola dentada de los océanos.

Esto nos lleva a la secreción de luz o las tinieblas.

Una coraza de cuervo nos oculta.

Incluso amanecer para sepultar

cada monumento de la memoria

cuando deja en la lengua una onza de sal

para saltar sobre las bahías.

No hay vida ni moneda que pague.

Que la mesa vea al congelador

sobre el lomo de un crustáceo,

partido en dos hemisferios,

y sostenga el hilo de los espíritus

encapsulados en las medusas

frente a los puertos de la nada.

Esto no es ni será el todo.

Mutilarse un pie ya no conmueve,

no se vale.

Que una selva observe a sus elefantes

morderse las uñas mientras derriban las carpas.

Sé que llegan con el vientre vacío

y sin ánimo de empezar el retorno.

La vida de las bestias conoce la teoría del círculo.

Que el insecto oculto de mi cicatriz

exceda a esta mosca

y escape por una grieta sagrada.

Y nos grite esta es mi batalla,

no ocuparé otras extremidades mercenarias

para adherirme a la trampa

de goma y papel, hasta que me asfixie.

Entonces podré ver, desde abajo, mi sueño

y pensaré que la restauración de las alas

es la displicente estafa

que nutre el vagón de las esperas.

Salvarse del zumbido de una mosca

consiste en la maestría de darle filo a las navajas.

Un cuervo y el cisne retornan a Manhattan

 

Al cuervo, lejos de la nieve

y con traje de cisne,

no podré verlo cuando hunda su sombra

en una roca mientras sostiene un pez

con el hielo y la memoria de ávidas congelaciones.

Un joven, cansado de su claustro cibernético,

en una estrecha mesa de comidas rápidas,

observa el tamaño del apetito en su hamburguesa,

la que desaparece semejante a una isla

con piel pecosa y rojiza.

Otro joven habla del asesinato

de un nostálgico cisne con traje de cuervo

en el tráfico de autos impactados.

El puente de Brooklyn se nutre de traumas
y ojos agresivos en la autocomplacencia

de una vida urgida que nos seduce

con nutrias y pájaros que temen

la desesperanza mientras caen,

sobre el puente, los témpanos.

El sopor del tiempo, el puente y el mar

saben de la extinción

que ni siquiera la oirán llegar

al centro nebuloso de las cosas.

Con nosotros ocurrirá lo mismo.

Nos gusta la codicia y la muerte.

Nos gusta el caos y el aserrín de la traición.

Los pillos empollan sus crías

que devoran a las “almas bienintencionadas”.

Lo demás es un strep tease,

un sepulcro de fantasmas

en el inacabado pavimento de las patrias.

Nadie sabe qué ocurría
con los conductores que se durmieron

en los autos y su luciérnaga invidente

detrás del alma y los anteojos.

Antes y después del puente de Brooklyn

caen hamburguesas que salpican en la rampa,

mientras ruedan como tortugas.

Desde algún lugar de Brooklyn,

dos jóvenes anglosajones ven su puente flemático.

El cuervo y el cisne contemplan la caída de sus plumas

cuando retornan a Manhattan.

Después de ver al bodeguero Rousseau

 

Cuando nace un flautista

su música es un puma.

Las manos de la selva están abiertas.

El agua traslada su desierto

hasta el lecho de hojas gigantes,

y una onza de luz

atraviesa un rugido

en el tronco de los árboles.

El león y un elefante nos imantan.

Sus recuerdos entregan

el espíritu a las sombras;

entonces, el flautista convierte su instrumento

en cerbatana y apunta a tu corazón,

después de verte impenetrable y desnuda.

La música deja de correr.

Los ojos de un aborigen la convierte en agua.

Un miedo de antílope huye del incendio,

con más y más hambre.

El flautista da por terminada

su obra, entre el silencio y una pausa salvaje.

BIOGRAFÍA
Nace en Monimbó, Nicaragua. Se naturalizó costarricense. En los ochenta trabaja, en Nicaragua, en los
Talleres de Poesía, que impulsó el poeta Ernesto Cardenal. Licenciado y Máster en Ciencias de la
Educación. En poesía ha publicado: El humano oficio, La costumbre del reflejo, Paradojas de la mandíbula,
Arquitecturas de la sospecha, Cornisas del asombro, Geometrías del cangrejo y otros poemas, Las cartas
sobre la mesa. Antología Generación de los Ochenta. Poesía Nicaragüense, en coautoría con el poeta Carlos
Castro Jo. Ha sido antologado tanto de Nicaragua como Costa Rica. Su obra se encuentra en revistas
digitales como Altazor, Norte/Sur, Círculo de Poesía, Isla Poética, Nueva York Poetry, Carátula, y otras. El
poeta Carlos Pacheco realizó una tesis sobre su poesía. Lo han invitado a festivales y encuentros de poesía,
tanto en Costa Rica como Guatemala, El Salvador, Primavera Poética del Perú y Nicaragua

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