JENNIFER GARCÍA ACEVEDO – MÁS ALLÁ DEL CÍRCULO QUE RODEA LOS OJOS

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SOBRE LA NECESIDAD DE NOMBRAR

“Alguien debe hacerse cargo de lo que no se sabe” 

Jorge Cadavid

 

No existe aquello que no se nombra, solo lo que se nombra existe, dicen los hombres todo

el tiempo, pero hay quienes nombran el mar para acabar con la sed del mundo y quienes

nombran la fiebre como si revelaran la aparición del sol entre los huesos. Pregunto por lo

que existe, y en cambio escucho a las mujeres dar un nombre al hijo que nunca tuvieron, las

veo mecer su sombra hasta el amanecer, mientras llenan de leche una vasija de la que nadie

bebe. He visto también a hombres ciegos hablar del relámpago como de un objeto

conocido, señalar la intensidad de su luz y su recorrido hasta el suelo, luego están quienes

aseguran haber visto a Dios de pie sobre el agua. Entre tanta verdad improbable y tanta

visión amenazadora, la incertidumbre es nuestro consuelo. ¿O acaso bastaría con nombrar

la cuerda imaginaría para que fuera posible sujetarse de ella?

 

 

 

 

AJEDREZ

 

Hemos comenzado a jugar secretamente al ajedrez. No lo sabemos pero con cada puerta

abierta, con cada renuncia, con cada movimiento del hueso sobre el tablero imaginario, es

otra la partida que se inicia. Algo nos mira desde arriba, manipula los hilos del viento, nos

recuerda que entre la desnudez del árbol surge la torre donde nos paramos tercos ante el

jadeo de las hojas verdes. De nada nos sirvió nacer y morir tantas veces, de nada nos sirvió

ganar y perder. El alba se encendió de igual manera ante la persecución de las manos, los

pájaros sobre el agua mantuvieron el equilibrio justo, la lentitud de los barcos sobre el

océano no interfirió en la prisa de los años, los martillos golpetearon la carne lo mismo que

la lluvia a las hojas metálicas. Jugamos indiferentes ante el movimiento del mundo,

plantamos los trocillos de vidrio sobre los tobillos paralizados, aprendimos de memoria la

estrategia, la meditamos, la dejamos al fondo tembloroso de nuestra incerteza. Pero cuando

creímos haber ganado: ¡Jaque mate! Se escuchó la voz desde el fondo. Cada quien caminó

hacia el fin del día y por última vez con la nostalgia del paraíso.

 

 

 

 

 

LLUVIA DE HOMBRES

 

Pienso en una pintura de Rene Magritte en la que un grupo de hombres vestidos con trajes

idénticos permanecen suspendidos en el aire, sin que sea posible reconocer en sus formas

un indicio de ascensión o caída. Pienso en sus pies separados de Dios y de la tierra, en sus

voces reveladas a otros e incomprensibles para mí. Pienso que más allá de ese paisaje,

donde nadie lanza un grito y todos asumen su destino de animal misterioso, estamos

nosotros, tratando de develar el enigma, parados frente a la lluvia de hombres que nos

desconoce, preguntándonos si como aquí, allí también las banderas se levantan y ondean

sobre un campo de animales heridos.

 

 

 

 

 

EL CÍRCULO DE LA ESPERA

 

Sobre el centro de esa región extranjera una voz antigua y sutil, como el lenguaje de los

árboles, nos llama. La inmensa claridad del día atraviesa las cosas hasta romperlas, y junto

a los muros las siluetas de los hombres se prolongan impulsadas por el movimiento del

aire. Es la hora de lo terrible, de las palabras que no llegan a su destino, de la escritura que

se detiene en el fondo de la sangre, de todo lo impronunciable y oscuro. Hemos ido

demasiado lejos tras esquivar las abejas muertas que se cruzan a nuestro paso y reconocer

un indicio de piedad en los ojos del asesino. Hemos iniciado un camino sin retorno, guiados

únicamente por las imágenes del sueño y el rumor de la sombra que tarde o temprano nos

llega. Es así como todo avanza. Nunca comprendemos la belleza de las cosas cercanas hasta

que atravesamos una frontera invisible en el mundo. La línea que nos separa del origen, el

espacio que no conoce la luz. Cuando el círculo de la espera se cierra y el jardín desconocido

simula la casa de la infancia, asumimos nuestra condición de extranjeros. Sentados sobre

una piedra, vemos los animales correr hacia las calles, como si nada sucediera, como si sus

huesos fueran inmunes al disparo de Dios.

 

 

 

ESTE LUGAR DE LA LUZ

 

Dijo Saint-John Perse: “¡Muchas cosas sobre la tierra por oír y por ver, cosas vivas entre

nosotros!”, y no se equivocó en decirlo, pues ¿qué vemos de las cosas, sino su sombra? Más

allá del círculo que rodea los ojos, los peces son también navegantes de la tierra, y los

pájaros sucumben en las cortinas del agua bajo vuelos giratorios. Posiblemente el viento

contenga un olor más allá de todo, pero le asignamos el del vino, el de la arcilla, el de la

sangre, el de la carne que hierve sobre la madera. No hemos sabido darle un olor a la

ausencia, pero como es debido decimos: esa mujer olía a pan, los pájaros arrullaban su

sueño, por tanto esa mujer olía a pan y a pájaro. Así disimulamos nuestra incapacidad para

dar un nombre a las cosas que aún no lo tienen. En el lugar donde el árbol funda su patria,

se escuchan los rumores del agua, los animales arrancando las semillas de las copas, el

espantapájaros que calcula el trigo, pero en su raíz ningún sonido, ninguna galería de

ruidos, aunque sabemos bien que ahí están. Un rey ciego debió habitar entre nosotros

haciéndonos creer que lo visto y escuchado no era sino una vaga figuración del sueño, de

ahí que ahora lo imposible solo desemboque en ese espacio de la vida.

 

Cosechando su oído, el hombre al que han llamado loco lidia con la angustia de sentir la voz

de dios latiéndole en el oído izquierdo y ve el río cruzar sus manos lo mismo que las

piedras. Debe ser que el círculo de su ojo está abierto, pero no puede decirlo y calla. Así en

un lugar del sueño, la grieta de luz atraviesa los límites de la noche y nuestro ojo es ahora

un gigantesco péndulo girando en medio de todo. Vemos entonces el alma del grillo

cruzando el campo, los valles y las mesetas entablando diálogo con el agua, los buques que

navegan sobre la hierba lo mismo que sobre un -cúmulo de olas; escuchamos la voz de los

hermanos muertos, la voz del animal doméstico, la voz del reloj que atraviesa los

corredores. En este lugar de la luz, hemos aprendido a ver cómo regresan las cosas que

siguen estando lejos.

 

 

 

 

 

 

BIOGRAFÍA

Jennifer García Acevedo (Medellín, 1995) Sus poemas han sido publicados en varias revistas nacionales e

internacionales. Premio Nacional de Poesía José Santos Soto (2019). Ha participado en festivales

internacionales de cine y literatura. Algunos de sus poemas han sido traducidos al Inglés, vietnamita y

árabe. Es fundadora y directora del Festival internacional de Poesía de Fredonia (Colombia). Ha

publicado Estaciones de lo invisible (Sakura ediciones, 2019) y Escribir lo invisible (antología personal,

nuevas voces editores).

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