Poemas de Juan Pablo Del Río

Nació en Santiago en 1960, estudió enseñanza básica en una escuela pública. En 1973 viajó a Costa Rica donde realizó la enseñanza media. Regresó a Chile en 1979 y en 1980 a Santiago donde estudió dibujo gráfico (Inacap). En 1982 se radicó en Concepción donde comenzó a escribir. Publicó sus primeros textos en 1984 (Cuadernillos de movilización literaria). En 1988 montó la obra de teatro “El seno que no da vida mata”. El año 1991 publicó “Tercera Revelación” (poemas). El año 2000 realiza el documental “329, Pablo de Rokha la Pirámide”. En 2021 publicó “El gordo Willy” (poemas). De 2017 a 2023 estuvo a cargo del concurso literario para enseñanza media pública, “Albatros”.
CAPULLO
Estoy convirtiéndome en adulto
mi cuerpo se ha vuelto hacia adentro.
Voy a florecer algún día.
Estoy segregando un líquido espeso.
Me envuelve un manto viscoso.
Soy una pupa a punto de parir.
Jesucristo estuvo conmigo esta tarde
bebimos unos vinos vimos las noticias.
Es desalentador tratar de arar las montañas
reducirlas apenas a piedrecillas simpáticas.
Cambiar el cauce de los ríos.
Él se fue cuando me quedé dormido.
Ahora estoy atrapado en mi cama
como Gregorio Samsa
y hay tanto por hacer:
tanta responsabilidad,
tanta virtud que mostrarles a mis amigos.
El baño está limpio y mis bolsillos vacíos.
Debo levantar el día antes
de que sea demasiado tarde.
Y esta canción que no para
adentro de mi cabeza.
Espero que el Señor venga otro día,
beberemos vino blanco con hielo
para capear el calor,
después descansar en paz
y reventar la yema.
VODELER
He decidido guardar tu memoria
Vodeler.
En polipropileno para siempre,
que en el fondo del mar permanezcas,
contaminando a la juventud genuina
que no ingenua.
Es seguro ahí entre capas y capas
de resina y grasa estés por los siglos
protegiendo la senda pedregosa
de los que sueñan con ser
un poeta maldito.
Para ser bombero te debe gustar el fuego,
para ser santo el sacrificio de tu cuerpo.
Pero tú sabes más que sho de poesía.
Te ríes de los pequeños poetas
en su cara les espetas su mediocridad
a la manera del maestro el Breva
pontificador presuntuoso y gran descubridor
del hilo negro.
Te dejo caer ahora Vodeler
que tu gran peso te lleve
a los más profundo de la oscuridad.
Te aseguro que podrás alumbrarte
como aquellos peces tenebrosos
que ofrecen un apéndice lumínico
para leer al Dante en las largas
noches de claustro.
VÍA QUEMADA
(a las jóvenes víctimas del incendio en el INBA 2024)
Alfredo María te dio el por qué
y la respuesta
de aquella injusticia que
apenas intuías en medio
de tus juegos infantiles.
Te dijo qué eras un héroe
(un héroe trágico)
mientras bebía su elixir
en medio de cavilaciones barrocas
sobre el bien y el mal.
Tú eras ingenuo
con tus conflictos y contradicciones
con tus hormonas ardiendo
y toda la existencialidad
del momento soñando qué
serías joven por siempre.
Nadie te dijo que la gasolina de 97
arrojaba vapores malévolos.
Que encerrarse en un baño
con tamaño explosivo
generaría una bola de fuego
que convertiría tus ideales
en flor de carne apagada.
En la vía quemada por donde
nunca más sentirás el aroma
del pan
en la mesa de tú casa.
EL POEMA PERDIDO
Salí en busca del poema perdido
un poema que escribí a mi hijo
el día de su cumpleaños.
Me contaron que lo vieron
en un lote de papeles inservibles.
Que se lo llevó el camión de la basura.
Me levanté al alba
vestido con lo primero que encontré
y salí en su búsqueda.
Llegué a un lugar donde había
una montaña de diarios viejos
y revistas pasadas de moda.
Comencé a hurgar
entre tantos y tantos papeles
que perdí toda esperanza.
Después de muchas horas
lo único que hallé fue
“la triste estampita de un santo”
y aunque no creo en santos ni en milagros
(y por lo abatido que estaba)
le supliqué al santito que me ayudara
a encontrar el poema desaparecido.
Encaramado en esa montaña de basura
reanudé mi pesquisa con denuedo,
pero mi labor fue inútil.
Apareció el guardia del lugar
y me dijo que cuando me fuera
las cosas debería dejarlas
tal cual las había encontrado.
Regresé a mi casa cabizbajo
con la sensación de haber perdido
a mi propio hijo.
Llegué de noche, mi mujer y el niño dormían
ese plácido sueño tan incomprensible.
Me saqué la ropa que hedía a basura
y al dejar un zapato en el piso
la punta de una hoja blanca
apareció debajo de la cama
– ¡Un milagro! – Exclamé;
he recuperado mi poema.
Reí, canté y bailé de alegría
despertando a mi esposa e hijo
a los que leí el poema en cuestión.
Me miraron con extrañeza
pero guardando profundo respeto.
Mañana debo pagar la manda al santo
(aunque no creo
ni en santos, ni en milagros)
debo saldar la deuda
comprometida.
MOSCA LIBRE
La mosca que volaba
sobre mi cabeza
en el baño
fastidiando mi lectura
de Proust,
tenía sus horas contadas.
Traté de matarla
con la mano,
con una toalla mojada,
pero siempre escapaba
cómo en general lo hacen
las moscas.
En el colmo de mi
desesperación
abrí la pequeña ventana
del baño
(y como Cony Méndez enseña)
la invité a salir por
el orificio ofreciéndole
magnánimamente su libertad.
La mosca que es un ser vivo,
salió volando hacia
su «libertad»;
justo cuando cruzó
el umbral de la ventana
pasó un pájaro
y se la comió.
